Friday, September 02, 2016

Purmamarca





Purmamarca me suena a afiche de agencia de turismo. Esos cerros que parecen helado con colorantes artificiales,  adjetivados con mal gusto por gente que te quiere vender un tour, hasta que ya no crees en nada.

Pero estoy ahí. Desayunando en esta casa vieja y grande que han transformado en un hotel llamado el Manantial del Silencio, que es verdaderamente, lo más silencioso que he conocido en mi vida. Ni moscas. Quién habrá sido el boludo que decidió que los colores eran siete, le digo a la novia de Nazareno.  Pero cómo nos hemos conocido recién anoche en el taxi, no entiende la pregunta y  no se anima a pedir explicaciones.  Me sirvo un café y cereal en dos tasas iguales. En mi lugar de la  mesa encuentro una tercera tasa, similar,  vacía.  Apoyo las que traigo y me siento.  Decido empezar por el café, porque con la altura, estoy medio aturdido. Pero no lo encuentro. Veo el cereal a mi izquierda y la taza vacía a mi derecha, pero ¿dónde dejé el café? Obviamente cuando descubro que estaba en el medio, frente a mí, más cerca que las otras dos tazas, me acuerdo de mi padre y su Alzheimer.  Ya pasé los sesenta y este año engordé como seis kilos así que me siento, un poco, un viejo. 

Después del medio día llegará un montón de gente con los que hablaremos de sustentabilidad y otros temas interesantes, sentados en la plaza. Pero tengo la mañana para mí. Podría comprar un bastón para mi colección y conocer el pueblo.  Voy caminando por la ruta hasta la calle que me marcó el conserje en el mapa.  Doblo como dobla su trazo de birome azul. Pero la realidad dice que he doblado, un poco antes, en la entrada a un patio que nuclea un conjunto de casas privadas, sólidas y humildes. Como un efecto cinematográfico se levanta un remolino de tierra y me tapo la cara. Al recuperarme veo una niña de ojos enormes, como suelen tenerlos las chicas coyas, y una señora que sale de la casa a rescatarla, quizá, de este hombre de paso incierto, quizá impredecible. Me pregunto en qué tono debo hablar para que esta mujer vea el mundo como lo veo yo.  Para que sepa que soy todavía el adolescente que una vez pasó por acá con una mochila y pelo largo. Pero su mirada de tierra es más sólida que mi pensamiento y me siento como lo que ella ve… un señor en un lugar equivocado. Considero retroceder por donde vine y poner esta carta en el mazo del olvido con la mínima consecuencia. Pero la carta tiembla en mi mano un instante, me pide  clemencia. No quiere ser otra rendición ante un  cul des sac. Otro retroceder buscando asfalto. Ve la oportunidad de la trascendencia. Quiere avanzar y estar. En eses instante como si algún otro cerebro se catapultara al mío me viene a la mente un pensamiento inesperado: soy el único espermatozoide que llegó. Con claridad terminal me digo que sigo siendo aquél. Y en voz alta “yo  hago lo que quiero”, le digo a la mujer. Pero es como si no hubiese hablado. Las chupa la puerta y estoy nuevamente sólo. Vuelvo a considerar la huída. Pero aparece un hombre, seguramente el abuelo, que me mira sin moverse. Un peso enorme se me quita del cuerpo. Ha cesado la vergüenza. Sesenta y tantos años le ha tomado despegarse. En vez de hablarle al viejo para que vea el mundo como yo, me siento sobre un tronco. Al cuerpo  le encanta la vida de sentado sin vergüenza. Junto a una mancha de sopa  sobre el sweater veo un ojal deshabitado y noto que los botones no están en los lugares que corresponden y que el de más arriba se muestra, erguido, casi  en el territorio de la camisa. Podría tener con éste de más arriba una larga conversación sobre cómo hemos llegado a esto, él yo. Mi padre miraría con esa cara que ponía cuando quería ocultar la sonrisa.

El abuelo, que no ha perdido la vergüenza ni se ha sentado sobre un tronco, me pregunta algo con su voz de tierra, que no entiendo ni quiero entender, yo, que siempre quise entenderlo todo. Sé que quiere darme algún sentido y me está pidiendo que lo ayude en eso… y sé que no quiero volver al asfalto. El espermatozoide que soy quiere ser hoja al viento, ahora… quiere ser como era mi padre cuando el médico entre un montón de palabras olvidadas dijo demencia senil. Quiero todavía un bastón de Purmamarca para mi colección, pero quiero que me lleven las manos de los que no saben qué hacer con migo y mi desorientación, como las hormigas llevan a los cadáveres de sus compañeras, por los pasillos de los hormigueros, un rato cada una, sin desviarse de su camino y soltándolas cuando se su destino las aleja del camino al cementerio,  hasta que entre todas y sumando casualidades, cae el cuerpo en el llegadero.

He estado en manos de estos criollos, medio coyas, casi todo un día. Nunca les di señal de no estar senil. Dije lo que se me daba la gana sin tratar de puentear ninguna cicatriz cultural. Me moví obediente a los dolores de mi cuerpo. Me hice pis encima y experimenté la maravillosa capacidad de estar aquí y ahora en esa tibia y húmeda sensación de virgen libre, prohibida hasta entonces por la vergüenza.

No estoy senil. Quizás porque hago esfuerzos para disimularlo. Pero me animé a estarlo por un día. Y la conducción de mi vida, que solté, la asumió una gente que no sabía qué hacer conmigo. No encontraban mis parientes ni mis amigos para pasarles la pelota, y me cuidaban con una mezcla de amor, temor e impaciencia, en un idioma del que no entendía yo demasiado. Estuve en una cama con olor a ellos y les dejé el mío. Me miraron a los ojos con la frontalidad única que les inspiraban mis ojos sin vergüenza. Comí su comida. Tomé el remedio de una vieja que trajeron a verme. Me metí en su mundo como una lombriz en la tierra. Y tuve la poco frecuente oportunidad experimentar cómo nos trata el hormiguero cuando ya no sabemos ir a dónde los demás creen que debemos ir.

Publiqué esta narración en mi blog y un periodista se interesó en entrevistarme “¿Te sentís más seguro ahora para enfrentar la muerte?” me preguntó.

Saqué el treinta y ocho del cajón y apuntándole a los ojos le contesté: sí.

 

 

 

 


 

 

 

 

2 Comments:

Anonymous Anonymous said...

Clap..., clap..., clap...Flor

12:27 PM  
Anonymous Anonymous said...

Recién conozco tu blog y también el de Trashumar y le rscribí. Soy de Buenos Aires y hace poco hice mi blog sin nada de experiencia y con la necesidsd de compartir poesias, prosa, diálogos, monólogos con intercambio de comentsrios.
No me interesa porque sí conozco, blogs de otros paises.
Si te interesa te doy mi correo y digas qué te parece comentar en mi blog y mis pocos amigos del blog conocer y comentar en el tuyo.
Mi saludo cordial
Laura
cetefer@yahoo.com.ar

10:20 AM  

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