Tuesday, December 05, 2017

"tic en vez de Bun.

Tic en vez de bum.


La bala estaba vieja, quizá. La emoción inmediata a apretar el gatillo, oír un tic, y notar que uno sigue vivo  no cabe en el tiempo real. No se puede sentir todo en la pobre velocidad de nuestro cerebro.  Desde afuera o más tarde uno puede idealizar, filosofar, llorar… pero los segundos inmediatos son sólo segundos, con poca capacidad de carga. No voy a negar, sin embargo, que nunca experimenté una cosa igual.
Al día siguiente estaba calentando el agua para el mate y preguntándome, con la misma personalidad con que me preguntaba las cosas ayer, cómo puede ser que caliente el agua y me pregunte cosas con la misma personalidad de ayer.
Pasado el  instante  en que llevé el revólver a la sien y apreté el gatillo ya no quería morir. Uno no puede vivir queriendo morir todo el tiempo. En una nota del New Yorker sobre los que se tiran del Golden Gate leí, una vez, que los que sobreviven no lo vuelven a intentar. Me extraña haber cambiado de status. Ahora soy uno que intentó. Podría leer sobre mí en alguna nota  y preguntarme cómo será  esa persona.
La bala era de mi abuelo.  El revólver y la cajita de municiones estuvieron en un estuche de madera de tapa corrediza, en un cajón, cubiertos por una franela, más de cincuenta años. Ahora están de vuelta ahí.
Mientras sacaba del revólver la bala, con la mella que el percutor dejó en el fulminante, y la ponía otra vez en su cajita me pregunté para qué estaba haciendo eso. ¿pero dónde la iba a poner si no?
Obviamente existe la posibilidad de pensar qué  hubiese pasado si el fulminante hacía su chispa. No quiero asomarme a ese pozo. Veo a mis hijas ya habiendo encontrado respuestas a por qué. Ya resignadas en base a explicaciones que encontraron solas y que no tienen nada que ver con lo que yo les hubiese dicho. Veo una mano limpiando jugos de mí con un trapo. Veo personas dando y recibiendo  la noticia por teléfono. Veo el dolor en una mueca de mi hija más chiquita y ahí me quiero morir. Una forma de decir. Contradictoria, sí.
Pasada una semana del episodio me encontré preguntándome reiteradamente  si algo de lo que había hecho desde entonces justificaba no haber muerto.
Esta idea genera necesidad de mayores precisiones. ¿Qué quiere  decir “algo de lo que he hecho”?  ¿Si arreglé una canilla? ¿Si convencí a alguien de que instalara energía solar en su casa? ¿Si escribí un cuento que apreciarán los lectores? Tal vez haya que definir mejor qué tener en cuenta:  lo hecho por mí o en el impacto que tiene sobre los demás.  Y si es sobre los demás… ¿los animales se computan?... ¿ si acaricio a la gata hasta que ronronea, vale? …¿y lo que siento yo?... ¿ si gozo del yogur con cereales? ¿Si por primera vez en mi vida soy capaz de dejar que el teléfono suene sin atender?  O… ¿Que yo vea una cosa que nadie más ve, sirve, vale, suma algo?
La lista sigue y sigue. Pero hay otra categoría de preguntas que se derivan de ella: ¿Yo sólo soy yo cuando estoy vivo? ¿La materia no vale nada? ¿Qué diferencia hay entre mi carne viva o muerta?  Nadie me enterraría mientras estoy vivo, pero es lo primero que harán cuando deje de moverme. Entonces… ¿es sólo el movimiento lo que cuenta?  Mientras escribo esto  muevo la mano delante de mis ojos y me maravillo con su perfección, pero tengo dos amigos paralíticos y uno manco que no son menos que yo.  Conclusión: hay otro componente que valoramos más… otro movimiento invisible que da categoría a mi cuerpo ¿si una persona  padece de una enfermedad que la inhibe de todo movimiento y no puede hacer nada pero es capaz de sentir… yo no diría que dejó de ser persona. A la inversa, si es incapaz de sentir, pero sigue moviendo el cuerpo y modificando su entorno…  tiene, para mí, menos de persona que la otra. No es persona, directamente. Como esas gallinas que caminan después de que les cortaron la cabeza.
No tengo muy claro qué valor tiene que un tipo (yo, en este caso) ande otorgando calificación o  título de persona a otros. Pero es lo que hay. Y de todas formas esto no pretende mucho más que ser un raconto de lo que pensé después de que el revólver hizo tic en vez de bum.
Tal vez no sea un buen raconto, pero es real. Cuántas oportunidades tenés de que alguien que escuchó ese tic te cuente cómo sigue. Para el caso, cuántos conocés  que hayan oído ese tic. Cuántas veces hubieses querido hacerle preguntas a uno que oyó el bun.
Lo más posible es que quieras saber por qué apreté el gatillo. Todos quieren preguntarles a los presos qué hicieron para estar allí. Las causas son muy remotas. Todo empezó con el big bang.
Y no terminó en el tic.
Que yo cuente lo que ocurrió después puede justificar seguir vivo.
Sigue en el capítulo siguiente.
Que es este.
 Empecé a identificar el gatillo con  un interruptor: el tic como el on  y el bun como el off. Pero en esa fórmula lo interesante es despejar x. Donde  x es lo que se apaga cuando se oye bun y lo que sigue funcionando con el tic. Lo que no se mete en el ataúd. La diferencia entre la persona y el cadáver.
Cada vez que metemos uno en el ataúd se pierden todas las caricias que le hizo su madre cuando era bebe, la ternura con que le cantó para que se calmara y se durmiera, las estrategias de la maestra jardinera para que alcanzara los objetivos de aprendizaje,  los recursos que desarrolló para superar las frustraciones, lo que le quedó de todos los libros que leyó… etc.
Y cada vez que nace uno nuevo hay que meterle todo eso de nuevo.
No tengo la capacidad de dar el salto necesario para creer en el alma. Puedo creer en lo que entiendo nomás. Me pierdo todos los beneficios de la superstición. Y el alma por definición escapa a la explicación. Si entendiste una explicación del alma es porque entendiste mal.
Toda esta egocéntrica perorata  pretende explicar el marco de la investigación que inicié después del tic.
Comencé por abrir un viejo baúl y releer tres cuadernos de 1976 en que, mientras hacía la colimba, en el desierto de la Patagonia, escribí la primera mitad de una  novela que nunca terminé.  Para mi gran sorpresa comienza con una escena en que el protagonista llama un número de asistencia al suicida. Me había olvidado.  Algún pelotudo debe acotar acá “No creo en las coincidencias”. La novela no cuenta cómo estaba por suicidarse el protagonista. Sólo dice que llamó a un número de asistencia. Lo atiende  una mina y  lo entretiene por teléfono, le recomienda que deje la puerta abierta, le da charla,  hasta que  aparecen dos grandotes y lo secuestran. Se lo llevan a una especie de hospital de experimentaciones en medio del impenetrable donde un clásico  científico loco de las películas desarrolla sus teorías  conectando las neuronas de los humanos a transmisores electrónicos  para producir telepatía  radial. El científico consideraba que usar a suicidas era más decente ya que ellos mismos estaban a punto de, como lo llamaba él, tirarse a la basura.  Yo no hago más que reciclar lo que ellos descartan, decía.
Pero lo que a mí me interesaba recordar era la idea detrás de los experimentos. Lo encontré, al rato,  en  una hoja del primer cuaderno en que el científico decía: “El conocimiento humano crece en forma exponencial, más rápido que la población misma. Hoy hay más ingenieros vivos que en toda la historia de la humanidad. Más investigadores, más científicos… Se hace cada vez más difícil que una sola mente pueda contener tantas ideas. Estamos tomando decisiones todos los días con mucho menos data de la que hay disponible y por lo tanto cometiendo errores inadmisibles. ¡Un derroche!” Unas páginas más allá, se explayaba sobre la comunicación que pretendía desarrollar para que las mentes humanas funcionaran en red. “Nuestra comunicación más habitual, el habla, expulsando aire por vía de las cuerdas vocales, la lengua y los labios es la que la evolución ha encontrado en estos pocos milenios de vida del Hombre, pero no necesariamente la mejor, ni la única, ni la natural si por natural entendemos cierto mandato moral o divino. Es más, la gramática, la semántica y la sintaxis de nuestros idiomas se formaron espontáneamente y fueron pulidas por las generaciones de usuarios con la consiguiente ineficiencia y derroche de recursos. Los idiomas son equívocos, imprecisos, lentos, caprichosos. Cambian por regiones y por el paso del tiempo. Son difíciles de aprender. Son sucesivos, tardos, requieren concentración, decodificación… Dale al cerebro humano una autopista en vez de ese sendero tortuoso y aprenderá a usarla a tal punto que él mismo la ampliará. La comunicación es el eslabón débil de la cadena y a la vez  la punta de la madeja para un crecimiento inimaginable… una verdadera evolución a algo superior.” Más adelante el genio explica ciertos detalles: “El cerebro se adapta en poco tiempo al medio que tenga a disposición. Un operador de telégrafo de principios del siglo veinte era capaz, con un poco de práctica, de manejar su primitivo implemento (que componía letras con puntos y rayas) de forma tal que ya no pensaba lo que codificaba sino que le brotaban las letras automáticamente. Lo mismo logran las personas que aprenden dactilografía al tacto, sin mirar las teclas… mueven sus dedos a toda velocidad sin pensar dónde aprietan a cada instante. De la misma manera en que nosotros no pensamos dónde ponemos la lengua o cómo cerramos los labios para articular cada sonido y formar cada palabra. Dale a ese cerebro la posibilidad de encontrarse con otro directamente por los nervios, ampliá el vehículo que traslada los contenidos  y lo va a aprovechar.  Si le permitís que transmita cien veces más información por segundo, ¿por qué no lo haría? “  En otro lado introduce la idea de un “Ser” compuesto de muchos “seres”: “si mi nervio óptico puede pasar información que es decodificada por parte del cerebro y transformada en recuerdos visuales dentro de otra parte de mi cerebro, es posible que esa información pase a otro cerebro si le das la conexión adecuada. Una red de cerebros puede aprender, con el tiempo, a organizar la forma en que se distribuyen la información conformando un gran Ser compuesto de muchos. Desde  que las centurias romanas conquistaron a todos los ejércitos del mundo formando aquellas tortugas de escudos que priorizaban el trabajo en equipo sobre  valor individual,  sabemos que el camino es la colaboración. En los tiempos de la conquista, para la guerra, en la era del conocimiento para lograr el crecimiento explosivo de la inteligencia y la sabiduría.”
Ese último párrafo cobraba ahora en mi mente un valor mayor que cuando lo escribí. Me estaba dando servida la posibilidad de que la parte  que no mentemos en el ataúd   siguiera funcionando fuera de esa carne muerta. 
Si se cumpliese el plan del científico loco y los recursos técnicos se desarrollaran para lograr su sueño,  estando en vida se podría pasar  mensajes, ideas, data, personalidad, (¿vida?) a otras mentes. Y, atención,  antes de la  muerte y con la debida anticipación podría comenzar a migrar  la totalidad de lo que no se va al ataúd y depositarse en archivos de otros cerebros, convenientemente distribuida.  Sobre todo emigrar a  mentes nuevas a las que toma tanto tiempo formatear sin este recurso.
Nah.  Tropezaste. ¿No viste el escalón? Te pasaste de transferir ideas y datos a transferir vida. Ya cuando dijiste “personalidad” estabas en la cuerda floja. Quisiste hacer el viejo truco de la mano es más rápida que la vista pero perdiste.  Fuiste mi sueño, mi mejor canción. Fuiste mi vida, fuiste mi pasión. Todo eso fuiste, pero perdiste! Fuiste.
Tal vez acá convenga pasar al capítulo siguiente que si no me equivoco sería el tres.

El hombre en busca de sentido no se desanima fácil, Gilda (le hablo a Gilda porque es la que cantaba “todo eso fuiste, pero perdiste”). Veamos para dónde agarra en el capítulo tercero.
 El home banking  me informa que quedan como seis lucas verdes en mi cuenta. Jajaja!  El tic las puso mucho más cercadel la salida…dejaron  de ser lo que eran en mi mente: una reserva. Ahora son un ramo de flores. Se las regalaré a mi agente viajes. Vuelvo a Boston.
En el 97 tomé una materia en el MIT. Como parte de un master que hice en otra universidad tenía derecho a tomar una materia ahí.  Entraba y salía de ese edificio como uno más de los genios que hicieron de esas salas la punta de lanza del conocimiento tecnológico.  Los sábados se juntaban, en aquellos  pasillos anchísimos de la planta baja, los malabaristas de toda la ciudad, a practicar. Llevé a mis hijas una vez. Estábamos los cuatro hipnotizados. Había también unos expertos en filmaciones con cámaras de ultra velocidad que podían mostrarles dónde fallaban, por ejemplo, en la parábola de la octava bola que lanzaban en seguidilla a rebotar en el piso de baldosas  entre uno y otro malabarista.
Una vez fui sólo. No había nadie porque ese día se llevaba a cabo un encuentro de artistas callejeros no sé donde.  Así que empecé a pasear por el edificio. Entré en un gran salón medio en penumbras lleno de objetos que parecían de utilería.  Me quedé mirando una enorme maqueta de unos edificios de Nueva York. Yo había estado en  uno de ellos casualmente, unos años antes, visitando a Charlie Newbery que tenía ahí  su oficina. De golpe me sobresaltó una voz feminoide y grave. Los yanquis a veces  hablan medio amanerados para ser amables. “¿Sabes qué es eso?” me preguntó.  Y pasó a explicarme. Estábamos en un túnel de viento. Un estudiante había hecho su tesis sobre cómo el edificio que esa maqueta representaba había sido construido para resistir los vientos. Al estudiar el caso  no encontraba explicación suficiente.  Llamó al constructor y le pidió ayuda y el tipo tuvo que admitir que, si como sugería el estudiante soplaba un viento fuerte de determinado ángulo, la estructura no lo podría resistir. Para colmo el pronóstico de esa semana anunciaba vientos fuertes de ese cuadrante. Hubo que evacuar las oficinas y toda la zona. Cuando yo visité a Charlie, una viga inexplicable cruzaba su ventana. Habían reforzado. No más inexplicable. Le conté al joven que yo me había preguntado por esa extraña viga. Siguió en su rol de estudiante amable y me mostró otra sala donde se acumulaban todos los últimos adelantos que las compañías de hi tech les donaban a los estudiantes para que probaran, jugaran y dieran feedback. De un pequeño cuartito salió una especie de robocop que dijo “¡Zack!”  y se saludaron con mucho entusiasmo, pero sin tocarse. El tipo tenía un casco medio raro en la cabeza y una especie de monóculo que un bracito telescópico ubicaba frente a su ojo derecho. Como una mini antena extensible podía acercarse o alejarse del ojo. También tenía  un pequeño  micrófono  junto a la boca y en el pecho un tablero pegado al cuerpo sobre el cual de vez en cuando apoyaba la mano y hacía movimientos que para él y su computadora tendrían, quizá, algún sentido. En la oreja izquierda llevaba un audífono.
“Lets go grab some coffe,  the guys are happy to see you and coming to join us” dijo Robocop y de inmediato movió su mano sobre el tablero  en la panza y de un parlante que no había yo visto en su cuello salió una voz en español que dijo “Vamos a atrapar un café, los muchachos están felices de verte y son viniendo se unan nosotros!” lo cual fue seguido de una carcajada de ambos. Debo haber estado algo perplejo. Cabe aclarar que esto ocurría en 1996. Yo recién empezaba aprender el uso de la Internet.
Zack me presentó a Robocop  (se llamaba  Aaron) y me dijo que su reconocedor de caras (activado a través de una cámara alojada en el casco) tenía todas la fotos de los estudiantes y que por lo tanto mi CV había aparecido ante su ojo, en la mini pantalla del monóculo, informando mi origen argentino por lo que Aaron activó el traductor para invitarme a tomar café en portorriqueño de penúltimo linyera y primer polizón en viaje a Venus.  Los muchachos estaban presenciando nuestro encuentro ya que esta especie de cofradía funcionaba conectada, en vivo y en directo, todos viendo lo que hacían los demás.
El entusiasmo por volver a ese lugar a ver cómo había evolucionado eso se enfrió de golpe cuando, ya con la plata en el bolsillo, tomé conciencia de que veinte años después no estaría Zack ni Aaron ni los muchachos y quizás ni siquiera la sala de últimas tecnologías donadas para jugar.
Dicen que desilusionarse es volver a la realidad. Aterricé e hice el duelo de mi viaje a Boston. Listo, no voy. Busqué a Zack en internet y no apareció. Busqué a Aaron Mandelbaun y aparecieron más de veinte. Lo crucé con las palabras que posiblemente acorralaran a un nerd del high tech y salió su página de facebook. Lo llamé por teléfono y me atendió inmediatamente. Le recordé nuestro encuentro y nuestro café conlos muchachos,  le dije que estaba escribiendo una nota para una revista. Quizá sea cierto. Alguna revista tal vez publique esto algún día. En la vida después de la muerte todo es posible.
Me fue a buscar al aeropuerto de Nueva Orleans.Poco habitual en los yanquis, pero en Nueva Orleans estás en otro mundo. Tienen el único cementerio con bóvedas del Estados Unidos. Aaron vive allí porque le gusta el jazz y porque necesitaba un contexto desafiante a la formación judía ortodoxa que le dieron sus padres adoptivos. Las contradicciones son buenas para la creatividad, me dijo. A mi toda esa historia me fascinó pero sería un desvío de este raconto así que suspendo. Tampoco voy a contar que esa semana era Mardi Gras (el carnaval típico de New Orleans en que las mujeres desde los balcones muestran las tetas a pedido de la multitud borracha que fluye por las calles) y que estaba de visita su hermana y que juntos recorrimos la ciudad durante esas noches enloquecidas.  Aaron trabaja  creando dispositivos basados en la tecnología de avanzada  para asistir a gente con discapacidades. Desarrolla en su garaje prototipos con un asistente ecuatoriano. Lo banca una empresa de tecnología que le compra todos lo que inventa. Y también le pagan las personas a quienes ayuda. Me enamoré de la hermana pero nunca perdí de vista el objetivo. Y además ya se me pasó.
Estamos ya para pasar a otro capítulo ¿no? Creo que sí.  Porque acá aparece el caso de una parapléjica y su hijo. Sí. Chau.
Capítulo cuatro, si no me equivoco.
Voy a pasar directo al caso de Sherry DiCaprio (si, como el actor). No voy a explicar su enfermedad ni la de su hijo porque no estoy seguro de haber entendido y porque, para el tema que nos ocupa, es irrelevante. La cosa es que a partir del parto quedó inmovilizada y su hijo creció sin poder caminar. Ganó un juicio de mala praxis por muchos millones de dólares. Y contrató a Aaron, que de ser un estudiante nerd con un casco tecnológico se había transformado en un referente de asistencia a enfermos con aparatos de avanzada. Es madre soltera y nunca se supo del padre y Aaron ha trabajado tanto con ella que es una especie de miembro de la familia.
Aaron me dice que el hijo se llama Sherezad, así como lo escribo. En honor al personaje de  las  mil y una noches. No le importó (y quizás nadie se atrevió a discutirle a una mujer cuadripléjica)  que su hijo fuera varón y el nombre perteneciera a una mujer famosa de la literatura universal.  Aarón me cuenta esto mientras almorzamos en un restaurant creole. Creole es la palabra criollo en  francés  que pronunciada por los yanquis se refiere (por lo que yo vi) a todo tipo de mezcla de los franceses (los que estaban ahí y le pusieron el nombre de Orleans a esa ciudad Nueva antes de que Francia le vendiera el territorio a EEUU),  con nativos, negros y cualquier otra cosa exótica que uno quiera meter en la olla. Piacante. Estoy tomando mucha agua.
Sherezad además de ser creole (inlcuyendo un antepasado italiano de la madre que no dejó mucho más que el apellido) es un bebe con problemas de salud relacionados con los de la madre. Te digo que es un bebe con problemas y suena manejable, porque los pobres bebes enfermos  no joden mucho. Pero crecen. Y con ellos crecen y cambian sus problemas, desafiando nuestra pereza de enfrentar dificultades nuevas. Sin embargo la pereza de Sherry no se parece a la nuestra, a la mía por lo menos. Y además, dispone de dieciséis millones de dólares para que Sherezad joda más de lo que hubiese jodido por sus propios medios limitados.  Y está Aarón Mandelbaun con toda la tecnología de vanguardia para que cuando Sherezad quiera algo tenga más posibilidades de obtenerlo. Yo escucho azorado tomando agua y mordisqueando eso que me trajeron que pica como si estuviese masticando un panal de abejas. Aarón dice:
“Empecé a trabajar con Sherry antes de que ganara el juicio, por que la empresa me pagaba el sueldo y me compraba mis desarrollos para  fabricarlos en serie y venderlos a otros o aplicarlos para ideas de consumo masivo. Pero cuando ella cobró toda es plata me pidió que le dedicara más tiempo y acepté. Lo primero que hicimos fue adaptar algunas cosas que ya existían para ayudarla a comunicarse y a sentir su cuerpo. Aunque a nosotros pueda parecernos raro, su vida estaba en peligro, no tanto por su enfermedad sino por no sentir ni reaccionar a lo que el cuerpo le pide como hace  cualquier otra persona. Nosotros no somos muy conscientes de que a cada rato nos movemos, aún durmiendo, porque el cuerpo lo pide. Nos rascamos, parpadeamos,  nos estiramos, suspiramos, eructamos, tosemos,  etcétera y son todas maneras de hacerle el service a un aparato complejo (nuestro cuerpo) que cambia todo el tiempo y necesita adaptarse. Todo eso y mucho más, lo hacemos en respuesta a mensajes que recibimos de sensores que tenemos por todos lados. Esos mensajes son tan habituales que no distraen nuestra conciencia. Yo puedo estar muy concentrado en lo que te estoy diciendo y acomodarme sobre mi silla porque una nalga necesita más irrigación sanguínea, o suspirar, o elongar mi nuca. O sea que mi primer trabajo fue vestirla con un tejido de sensores y enseñarle a ella a percibir y entender los mensajes. Yo lideraba el proyecto pero fue indispensable trabajar con varios médicos y a veces con traductores porque dos de los más especializados son un coreano y un japonés. “
Le dije que yo tenía entendido que mucha gente está postrada en su cama y que hay toda una técnica desarrollada en los hospitales para que los enfermeros los masajeen y los muevan y se ocupen de reemplazar lo que nosotros hacemos. En la cara de Aarón asomó fugazmente una expresión de impaciencia, tipo “esperaba más de vos”, y simplemente acotó: “esa es la protohistoria de lo que tenemos en proceso acá.”
Y después de una pausa se entusiasmó: “Pero tenés razón” me dijo “si todo mi esfuerzo se limitara a mantener más o menos sana a Sherry, esto sería muy aburrido. Valoro tu iniciativa periodística”. Puse cara de periodista.
“Debo reconocer, sin embargo, que mucho de lo que tenemos entre manos en este momento fue apareciendo inesperadamente. Y a su vez se va multiplicando, como con vida propia”
Le dije que a mi entender todos los inventos tenían una gran dosis de suerte, pero no le cayó muy bien, se ve que prefería monopolizar él la modestia. Siguió como si yo no hubiera hablado:
“Imagínate que yo pienso en Sherry y sus dispositivos  aproximadamente seis horas por día, pero ella los tiene puestos, los vive, y su cerebro no para. Además toda su relación con Sherezad pasa por la tecnología que la asiste. Y te diría que hay allí una fuente de motivación insaciable. Se le ocurren cosas todo el tiempo. Me habla  constantemente. Obviamente estamos conectados de forma que yo puedo ponerla en mute, pero rara vez lo hago. Su voz es parte de mi cerebro, ya. Esto incluye domingo a las tres de la mañana  o en medio de la fiesta de Navidad  o cualquier otro momento en que  se le ocurrió algo. Aparte escribe toneladas de ideas y las recibo en tiempo real. Para eso tengo un estudiante que hace una pasantía con nosotros que ordena y clasifica y va editando. El me resume una vez por semana lo que pueda ser relevante para nuestro proceso. ”
Unos segundos después giró la cabeza para saludar a alguien que pasaba y en ese momento vi que adentro de su oído tenía un minúsculo audífono. El casco había evolucionado. Su reloj pulsera era como una muñequera anatómica y varios anillos en sus dedos obviamente cumplían una función que excedía la estética. ¿El código Morse en su última expresión? En  la solapa de su camisa había un prendedor que seguramente era una cámara y un micrófono.
Me pregunté si ella oía toda nuestra conversación. Recordé que “los muchachos“del MIT vivían en esa promiscuidad.  Me invadió una paranoia y revisé lo que yo había dicho hasta el momento. Me pregunté sobre las consecuencias que pudiera tener ofender a un cerebro en un cuerpo inmóvil.
“Poca consecuencia” pensé y en seguida  esa tranquilidad fue destrozada. Se me aparecieron imágenes de ciencia ficción, magia y terror.  Cuando  conocí a Sherry  ese miedo encontró una justificación. Ocurrió al día siguiente.
Lo que nos justifica un nuevo capítulo. Que viene a ser el quinto.
El quinto empieza cuando me subo al auto de Aarón para ir a conocer a Sherry y Sherezad. Por si no se dieron cuenta hasta ahora este es el momento de notar que el nombre del hijo parece un estiramiento del de ella. 
Antes de ir a la casa teníamos que pasar a buscar a un israelí colega de Aarón. Un inventor con quien él se mantenía en contacto y que ahora pasaba por Nueva Orleans a visitarlo. Eso implicaba que estaríamos más de una hora, en el auto, juntos y solos, hasta que subiera el tipo éste y después otra media hora los tres camino a lo de Sherry. Una gran oportunidad de preguntar más sobre ella antes de conocerla.
Pasó a buscarme puntualmente por el hotel en un auto muy lindo y moderno, nada nerd.
Le hice algunas preguntas tontas sobre Sherry para romper el hielo. Estudiando en EEUU yo había notado ciertas  diferencias entre las culturas de Buenos Aires y la de los norteamericanos con respecto a las conversaciones y la amistad en general. Ellos no están tan preparados a abrirse. Un ecuatoriano, un africano, un japonés, un tipo de Ámsterdam con todos sus diques y molinos y la final del 78, me habían resultado más satisfactorios a la hora de establecer contacto. Este, sin embargo, era judío, lo cuál podía significar cierto parecido con mis amigos judíos de Argentina,  su densa cultura y su humor ácido, con los que me sentía cómodo.  De todas maneras avancé lento y con cuidado, como sobre un lago congelado recientemente, escuchando si crujía bajo mis pies. Lo bien que hice, porque Aarón parecía temer que esta intimidad a la que, por un buen rato, nos exponía el auto pudiera ser un poco más de la que él deseaba. Eso ya era dato. Así como en el sexo el pudor es señal de deseo, en esta relación,  la distancia que él ponía delataba un tesoro oculto de información superior al que yo había imaginado.
O sea que empezar por preguntas de rutina fue buena táctica. Cuánto hace que se conocen. Cuatro años. En qué estado estaba ella cuando la conociste? Bastante mejor que ahora… hablaba y movía la cabeza.  ¿Ya estaba embarazada? Sí. O sea que la invalidez no empezó con el parto. No, es anterior, pero siguió avanzando. Eso debe ser difícil para vos… La pregunta era intencionalmente ambigua. La dificultad podía referirse a lo técnico o a sus sentimientos por Sherry. Aarón no contestó. Soltó el acelerador y frenó junto al cordón de la vereda de un parque.  Me miró y me dijo:
“Ury va a llegar una hora y media más tarde”. Ury era el inventor Israelí. Ahí entendí que había recibido la información por alguno de sus dispositivos informáticos mientras yo le hacía la última pregunta.
Me sacó la mirada y se quedó pensando con las manos en el volante.
“Vamos a hacer un picnic” fue su conclusión, y dobló en la primera, metiéndose en el parque. Cuando llegamos al lugar que le pareció adecuado dijo:
“Esto no es cosher” y sacó del baúl un envase de supermercado con champiñones y dos tenedores. Los aderezó con un  sachette y  me explicó:
“Son alucinógenos. Una vez al mes, nunca más que eso. Como la ayawasca. La mente humana es un instrumento al que hay que poner en perspectiva de vez en cuando. Mis padres no aprobarían.”
Comimos.
Aarón resultó ser un tipo muy gracioso. Empecé a reirme de sus chistes y cada vez me reía más y él se contagiaba  y después me reía de sus intentos de seguir hablando a pesar de que la risa no lo dejaba completar ni dos palabras seguidas. Y después me reía barranca abajo con el envión y me impresionaba lo bien frenado que estaba el auto y los árboles. Yo nunca me había dado cuenta de que el aire estaba frenado y los colores. Todo tenía un freno, hasta el sonido de los sonidos y el tiempo. Cuando paré de reírme, después de un rato, me sentía como un trabajo bien hecho. Como un pomo bien exprimido. Como un suspiro sentado en una reposera. Como si ya hubiese respirado todo lo que necesitaba y pudiera quedarme mirando la transparencia del vidrio para siempre.
Digámoslo: como si hubiese sido bum en vez de tic.
Y volver no fue espantoso. No había que vestirse, ni llamar un taxi, ni pasar un trapo.
Tampoco Aarón parecía muy arrepentido de nada.
Había que ir a buscar a Ury en cuarenta minutos. Pero ya nos caía más simpático. Nos pusimos en camino.
Me contó sin que le preguntara. Empezó hablar en medio de mi suspiro en la reposera que duraba y duraba mientras pasaban las calles y las personas desconocidas con bolsas o paseando perros y los granes camiones y las palmeras y el campo húmedo. Me dijo sin anestesia:
-          Estoy perdidamente enamorado de ella. No puedes repetir esto ni escribirlo en ningún lado.
Ustedes, indiscretos lectores se alegran de que lo escriba. No sólo porque es un hecho sensacionalista, de tabloid amarillo. “Inventor excéntrico  enamorado de cuadripléjica”.  Sino porque la traición es también fascinante. Y teóricamente yo estaría faltando a mi palabra. Si la hubiese dado. Cosa que no hice. Ya hablaremos de esto más tarde cuando pueda armar una defensa imbatible.
Por ahora resulta mucho más interesante el hecho de que Aarón confesara por primera vez a un mortal que estaba pedido de amor por Sherry. Y sobre todo, las causas y las consecuencias de ese hecho admirable. Gracias hongos. (Habría que agradecer hongo porongo aunque el chiste sea viejo).
En mi estado de beatitud recibí la noticia con beneplácito. Era bueno para Sherry y para el progreso de la tecnología que yo estaba investigando El amor es un buen móvil. Y además… es el amor.  Tipo que ya está.
Admitamos entonces que perdí la objetividad. Me enamoré de ese amor y de lo que estos dos o tres hicieron del amor.
Al buen lector no le pasó inadvertido el tres. Claro porque en la fórmula está Sherezad. Metido en el medio gracias a los aparatos de Aarón. Pero ojo que esta es la historia de Sherezad como Adán. Adán dejó ser de mono. Y Sherezad dejó de ser individuo. Y yo fui un voyeur. Gracias a tic, mi vida.
Por respeto al lector que anda medio perdido vamos a poner orden:  Sherry tiene un hijo al que no puede abrazar. Al que no sintió nacer aunque ella dice que sí porque suplió con su mente y su conciencia lo que el dolor del parto no le clavó en la carne. Dice que lo oyó, lo olió, lo vivió. No es difícil creerle. Por amor, la gente, se entrega a creencias más inverosímiles. Como que Jesús haya nacido de una virgen.
Nacido el tipo, ella está como yo después del tic. Y el tiempo sigue pasando. Habla con Aarón. Según él, ella hace el discurso más emotivo que oyó en su vida. Según él, (me da un poco de pudor repetir sus palabras) él nace de verdad al oír eso que le dijo. ¿Qué le dice ella? No he logrado  llevar a  Aarón a un esfuerzo formal por reproducir ese momento y es obviamente difícil pedirlo, pero lo que él ha dicho hasta ahora es más o menos esto. Cabe aclarar que la que habla sólo puede susurrar, porque ya ni la cabeza mueve y que le han sacado un hijo del cuerpo media hora antes y se lo han llevado a revisación: “Todo parece indicar que un alfiler cayendo en cámara lenta de la mesa del cuarto de costura vacío, en una casa donde cunde el pánico porque está en medio de un terremoto, tiene más poder que yo… pero yo…  Paremos un instante a recapacitar… Pero yo,  acabo de tener un hijo y acabo de decidir que te voy a pedir ayuda. Y de pronto el terremoto soy yo. Porque me estás escuchando. Ahora los vientos dependen del que quiere viajar. Ya me avisaron, los médicos, en el sexto mes, que Sherezad no va a moverse de la cintura para abajo y que quizás eso empeore con el tiempo. Todo lo que otras madres tienen de alegría y de capacidad, yo lo tengo de determinación y de confianza. No lo he podido abrazar como abracé a tanta gente en mi vida. A él no. Pero en este momento te hablo con más fuerza que todos los abrazos porque estamos con la flecha apuntando al blanco. Voy a encontrar qué salvar de este naufragio y vas a ser mi socio entre las olas.”
Por respeto a esas palabras esto sigue en el capítulo seis.



Capítulo 6 de “tic en vez de Bum”
Estamos en el auto y Aarón acaba de contarme el discurso con el cual Sherry lo sumó a su búsqueda para estar en contacto con su recién nacido. También confesó su amor. Pero después se me fue aclarando que no cayó flechado en ese instante sino paulatinamente, trabajando con Sherry y Sherezad. Aarón hacía movimientos con su cuerpo cuando hablaba de eso. Juntaba los puños cerrados, nudillos contra nudillos y abría las manos y movía los dedos como si de esa colisión, de ese encuentro se liberaran pájaros o rayos de luz. El no se daba cuenta. Y tal vez fuera imaginación mía, pero de nuevo, es lo que hay.
Cuando Ury subió al auto obviamente la conversación pasó a un plano menos íntimo. Al saber que yo era argentino se alegró y me miró a los ojos. “Estuve en Buenos Aires. Me encanta el tango, me dijo”. Un lugar común si los hay, pensé. “Fui a dar un taller de invenciones en la UTDT, por cinco días. Tomé una clase y decidí quedarme un mes aprendiendo a bailar. Una de mis mejores patentes salió de ese curso de tango”.  Ahá, pensé. “La magia de una pareja que baila bien se basa como toda magia en un truco que los ojos no perciben”, le explicó a  Aarón dando por sentado que esto yo ya lo sabía. “El hombre le marca a la mujer lo que va a hacer antes de hacerlo con leves toques en la espalda y luego lo hacen al mismo tiempo cuando llega el siguiente paso. Yo había estado desarrollando un dispositivo para discapacitados y llevé esa idea al mecanismo. El humano de movilidad reducida le marca al motor lo que quiere hacer y el motor lo hace. Después se hizo obvio que el camino inverso también era útil. El motor le avisa al humano el movimiento que va a hacer en muchas circunstancias en que debe moverse para evitar un obstáculo o eludir un peligro. Lo interesante es que en el tango, las parejas que llevan tiempo bailando ni piensan en mandar el mensaje, sale sólo, y el que recibe no está concentrado en decodificar, entiende naturalmente.  Y mi experiencia fue que los discapacitados se fusionaron con estos mecanismos de manera tan armónica que superó todas las predicciones. No debiera sorprendernos mucho ya que vemos, aquí, a Aarón manejando el auto como si fuera parte de su cuerpo.”
“Es verdad”, dije. “Yo no bailo tango, ni nada, pero durante mucho tiempo, con un amigo, hacíamos un sketch de un enano, en el cual él ponía sus brazos por sobre mis hombros y los metía por las mangas de mi saco que invertido quedaba con los botones en mi espalda… Mientas yo colocaba mis manos en unos zapatos apoyados sobre una mesa frente a mí, y juntos, a los ojos del público, conformábamos el cuerpo de un enano que bailaba cantaba y contaba chistes. Al poco tiempo habíamos logrado una coordinación que no tenía explicación racional. Al separarnos, terminado cada show, sentíamos que descuartizábamos a un ser orgánico.”
Aarón carraspeó un poco antes de contar que “los muchachos” de MIT en tiempos de estudiantes habían llevado a cabo algunas experiencias que podían compararse, pero que eran un tanto confidenciales. En aquella época empezaba la pornografía en internet, tímidamente.  Y uno de los muchachos puso en común una escena. Cabe aclarar que todos teníamos los signos vitales conectados y sabíamos lo que pasaba en los cuerpos de los demás integrantes del grupo. Incluso podíamos acceder a un mapa del cerebro del otro y ver qué partes estaban más activas. Empezó como un chiste: aquél a quién le subían más las pulsaciones al compartir el video porno debía pagar cervezas para todos. A la semana uno de ellos presentó gráficos indicando que la subida de uno estimulaba la de otros. Había dos chicas en el grupo y se constató que si a ellas les subían las pulsaciones tenía un efecto más fuerte sobre todos los varones, que obviamente estaban más interesados en  los datos de ellas. Esto evolucionó en diversos frentes. Alguien desarrolló una aplicación que sacaba un promedio de latidos de todos los integrantes y mostraba irrigación sanguínea y actividad neuroelectrónica de las diferentes zonas del cerebro, presión arterial y consumo de oxígeno, ya no individual sino de todos como un sistema.
“¿Todo esto con la ropa puesta?”, preguntó Ury entre risas.
Aarón no se rió. Le destinó una mirada de unos segundos y después dijo. Con esos cascos puestos estábamos siempre desnudos. Te lo ponés y sabés que los demás te ven como sos.
Yo sentí que había un poco de tensión en el aire y quise aflojar con un  chiste: “Ahora entiendo porqué en Estados Unidos se ponen casco para jugar al football, y lo gozan tanto!!”
Pero los otros dos se habían quedado pensando y tampoco se rieron. Con lo cual yo opté también por callarme y pensar. Me tomó unos segundos entender que seguramente, en los dorms de la universidad la experiencia habrá escalado hasta niveles máximos, y que  Aarón hubiera estado  dispuesto a reírse de sus pecados de estudiante, como hace toda la gente de mediana edad, si aquellos no tuvieran una relación directa con lo que estaba viviendo con Sherry. Él ha llevado la relación con ella a una comunicación de alta fluidez e intimidad. Y está enamorado. Hay sin duda un componente erótico. No quiere exponer eso a nuestro desconsiderado humor de vestuario. Que ella sea cuadripléjica no es un detalle menor.
Hay que salir del tema erótico y amoroso. Hay que volver a la técnica. Se me ocurre una idea y avanzo.
-          Obviamente en el baile del tango se ve una coordinación maravillosa. It takes two to tango! Lo interesante es ver cómo eso mismo se logra en equipos. Dicen que el fútbol (el de pelota redonda y arqueros) es el deporte más popular del mundo porque los resultado son más imprevisibles que en ningún otro deporte. Hay tantas jugadas causales que dan vuelta un resultado. El último siempre tiene chance contra el primero. A mí lo que me impresiona es la cantidad de errores, las desinteligencias. Si miramos a un equipo como a un único ser vivo, es un ser muy enfermo. Totalmente descoordinado.
-          Absolutamente,  dijo Ury
-          Ustedes saben que ya los jugadores usan dispositvos electrónicos que registran sus signos vitales y todos sus desplazamientos en la cancha para llevar cómputos y estadísticas.- dijo Aarón ,contento de hablar de deporte.
-          A mi entender, la función social del deporte es hacer un simulacro de cosas más importantes con una que no tiene ninguna importancia: el lugar donde se encuentra una pelota-  dije yo con cara de intelectual.- El deporte es un ensayo. Los médicos practican con cadáveres, las sociedades con pelotas.
-          Interesante - dijo Ury amablemente. Y Aarón dejó entender que no se le había ocurrido, pero que se podía considerar la teoría.
-          Lo que hay que hacer, entonces- dije envalentonado por la aprobación de ambos- es mostrarle al mundo un equipo que no parezca descoordinado. Que sea una máquina perfecta de ganar coordinada por la telepatía electrónica.
Hubo un silencio en el momento en que yo esperaba una aclamación.
-          Estamos llegando- anunció Aarón – y me pareció entender que hablaba para Sherry y Sherezad.






Cuando uno va a conocer a alguien se predispone a sentarse en un living, que le ofrezcan algo para tomar e iniciar una charla inofensiva de lugares comunes y de dónde es cada uno y si conoce a fulano o mengano.
No existe un living en la casa de Sherry. No es posible sentarse con ella cara a cara. Ella vive sobre un plano que está sostenido por un enorme brazo mecánico. Esta especie de guincho  parece uno de esos robots que sueldan las carrocerías de los autos en las líneas de montaje. Tiene la posibilidad de ponerla en diferentes posiciones: vertical, horizontal, boca abajo. Porque una serie de fajas rígidas se despliegan para sostenerla o porque la misma cama en que está puede pasarla a otra cama melliza para que esté un tempo acostada sobre su pecho. Su cuerpo se ha reducido mucho por la falta de actividad en todas sus funciones motoras y por lo tanto sanguíneas, linfáticas, respiratorias, óseas. Un traje parecido al de un astronauta se ocupa de masajearla y de mantener la temperatura dentro de parámetros convenientes y amortigua la presión de los aparatos que la sostienen cuando se mueve.
Pero lo físico, si bien es lo más visible, no es lo que más le importa a ella. El gran desafío es mantener esa versatilidad de posiciones y esa infraestructura al servicio de su cuerpo mientras se sostiene el complejísimo sistema de comunicación al que está conectada.
Sería imposible que yo entendiera, aún si Aarón estuviese dispuesto a explicarme, la tecnología que rodea a esta mujer y su hijo. Pero incluiré en este raconto algunas cosas básicas que creo haber captado:
Mientras ella hablaba con facilidad y movía la cabeza, los dispositivos eran cosas que más o menos los legos conocemos. Un programa que transformaba la palabra hablada en palabra escrita. Un mouse especial que podía ser manejado con sus movimientos de cabeza. Cerca de diez monitores en los que ella recibía información y podía interactuar con ese mouse. Celulares y llamadas con video cámara manejados por voz. Etcétera.
Aarón entendió a tiempo que se iba a quedar sin músculos. Y una médica joven le alertó que no podía estimar mucho más de un año de transición y que el embarazo posiblemente acelerara ciertos procesos a raíz de las hormonas que se liberan y tal. Trabajó frenéticamente antes de que los nervios perdieran el interés de dar órdenes a los músculos que no respondían. Puso enormes computadoras a detectar de qué nervios venían qué mensajes para qué movimientos. Una conciencia humana no podría aprender eso, pero la mente sabe hacerlo en otros niveles y Aarón se dedicó a transferir ese código a la memoria de computadoras para que esos mismos mensajes electrónicos se usaran para que aparatos hicieran lo que antes hacían los músculos u otras cosas que le resultaran útiles a Sherry.  Sacar la lengua, por ejemplo se codificó en suministrar agua. Fue el  primer e histórico progreso. Ella tuvo que aprender que ya su lengua no se movía pero que el intento de moverla ahora le proveía de agua por la sonda. No sólo fue una buena noticia porque se podía emplear los mensajes de los nervios para hacer cosas sino porque ella sintió la enorme emoción que nadie entendía al principio de hacer algo por sí misma. Agua cuando yo quiero, no el goteo del sachette colgando impersonalmente de un perchero metálico.
Un equipo de expertos la ayudó a alimentar la máquina de hablar. Con grabaciones que había de su voz cuando estaba sana sacaron muestras de timbres y tonos de vocales, consonantes y hasta lograron en algunos casos las entonaciones de las frases. Pero lo mejor que hicieron fue dejarle un programa que le daba la posibilidad de que ella fuera eligiendo y puliendo su propia manera de hablar. No sólo fue bueno para comunicarse, a partir de ahí exigió que todo lo que se desarrollara para asistirla tuviera esa posibilidad de que ella lo fuese puliendo. “Campo abierto” lo llamaba a eso. No me traigan nada que no tenga campo abierto.
Otro gran progreso fue cuando Aarón le diseñó un traje anatómico que revistió de infinidad de sensores su cuerpo. Y cuando ella tras días de usarlo empezó a entenderlo le dijo a  Aarón:”Mandá a hacer cantidad  de estos para Sherezad. Me imagino que no se hacen muy rápido y este chico va a crecer. Quiero que siempre tenga uno de su tamaño disponible. Además los va a ensuciar y romper”. Todavía no se sabía si Sherezad iba a evolucionar igual que ella, pero lo que le interesaba a Sherry no era sólo que él pudiera enterarse lo que pasaba en su cuerpo sino que ella pudiera enterarse. Cuando Sherezad empezó a usar estos trajes, había información del volumen de su cuerpo compuesta por todo eso miles de puntos que podía transformarse en imagen en un monitor. Y ella podía verlo estuviera donde estuviera. El paso que nos cuesta imaginar a los legos es que ella hizo instalar un interruptor con el cual podía reemplazar  todas las sensaciones que le llegaban de su propio traje y su propio cuerpo por los mensajes del cuerpo de él. Chupate esa mandarina.  Ella podía sentir lo que sentía Sherezad en vez de sentir lo que sentía ella con sólo apretar un botón. En realidad no apretaba botones, pero es una vieja forma de decirlo.
No hay duda de que eso ya puede empezar a oler a podrido ¿no? Más de un psicólogo profesional o amateur va a poner algún grito en algún cielo. Y ese olor a podrido  atrae moscas que lo revolotean… y el zumbido suena a incesto. Pero quién se animaría a meterse con una cuadripléjica. Ni los puritanos del Sur de los Estados Unido que dicen que la vida nació con Adan y Eva y Dios enterró los huesos de los dinosaurios para poner a prueba nuestra fe.













Wednesday, November 22, 2017

Esta hoja


Esta hoja en blanco tiene fondo. Algún reflejo  y las ganas de creer pusieron en su mito un parentesco con el cosmos.  Pero es un lago, aunque el pescador no vea el otro lado… Hay una orilla de barro que nos marca el final de los puntos cardinales. Y hay otro pescador allá, sentado, en el extremo opuesto. Está callado con el mismo silencio que guarda el de esta orilla. Preguntándose lo mismo. Como el eco que nos marca que ha llegado a su fin el desfiladero.
Al tirar la línea se rasguña la superficie inmaculada. El alma del pescador que estaba abierta y relajada se levanta de su asiento y observa atenta. Se cierra un abanico en su mirada. Lo que parecía infinito ahora es sólo un tajo… o un rasguño apenas,  aunque siga rodeado de oportunidades.
Si algo tira de esa línea hay una fiesta. De comida, engaño, muerte, y la ilusión de que no existe el tiempo. Un remolino de anzuelos con forma de pregunta busca palabras para echar a la parrilla.
El pescador acecha algún sentido. Busca más allá del océano y del suelo. Quiere apagar el  infinito con una piedra en que se hunda el cielo. Se ha creído el mito de que en el agua todo fluye. Con sus manos en la caña cumple un rito de descifrar las telarañas que enredan los misterios de la oscuridad y sus entrañas.

Algunos tarados  inocentes impostan la voz para decir que verdades hay muchas. No es verdad. Quien hace bien su lucha en el ritual ya lo sabrá. No es un sabio el pescador. Es la carnada.

Monday, November 20, 2017

llegar al espejismo



Un tipo como yo, al que le gusta escribir,  cree que en estas teclas está  la combinación que abre la puerta hacia un mundo mejor. Al menos por un rato.
A un tipo como yo le encanta tener su silla con posa brazos y almohadón  frente a esta sólida mesa de madera, desde la cual, mirando para la izquierda ve la plaza, a la derecha la galería y después  el jardín, huerta, brasero,  pileta (ayuda eso de la pileta, también). Mirando para el frente,  a través de la cocina americana, ve un cantero a la sombra del quincho en el que, media oculta por la espesura, medita la estatua de Buda que Maribel pintó de negro.
Atardece y la luz es de serenidad. Un pájaro busca sus lombrices con menos ansiedad que a la mañana.
El mate está bueno. Tiene una hojas de menta que sacamos de la huerta.
El cuerpo de un tipo como yo murmura todavía, como una cama deshecha, sensaciones del buen partido de tenis mañanero, unos jugos de variadas frutas y verduras con jengibre, y una siesta espontánea tras la ducha.
Magia, la gata negra, camina sin audio hacia la escalera y se va para arriba.
El tiempo parece detenerse.
 A este momento condujeron mis esfuerzos de una vida remando en la suerte, mis decisiones, mis distracciones, y los vientos.  Para un tipo como yo este debiera ser el punto de llegada… 
…y entonces es inevitable pensar todo lo contrario: que las venas de relojes y calendarios están abiertas.
Negaremos todo y miraremos de nuevo la delicadeza del pájaro en el pasto del jardín.
No está más.
No importa: Decretaremos que éste es el llegadero.
Lo llamaremos “ Indias”.
Que venga algún Américo, después,  a hacer otro mapa.

 

Friday, September 30, 2016

La parte que pregunta



Carla era mi hermana.


La enfermera de mi vieja grabó unas anécdotas de la infancia de Carla que mi vieja le contó y anduvieron en Facebook gozando de sus quince minutos de fama.


Las voy  a copiar acá para que el que no las haya visto sepa un poco como era el estilo de Carla:


 


- Tengo miedo de servir para algo – me dijo


Apoyé sus medias sobre la cómoda sin decir nada y me fui a la cocina… a prepararle el desayuno o a algo, porque no hubiese podido explicarle por qué su madre lloraba.


 


O quizás  le dije “No te preocupes que no corrés mucho riesgo… y vestite de una vez, Carla, que vas a llegar tarde. A ver, una pata acá, que hace frío, no andes descalza…”


 


Ella no se acuerda.  Tenía cuatro años, no puede acordarse. Y yo tengo setenta y ocho  así que tampoco debería acordarme.


 


Un día me preguntó cuánto costaba un auto. Y, después de un rato,  por qué  no usaban algo más barato para armar embotellamientos de tránsito.


-Tendríamos que elegir una persona y entre todos los demás, hacerla feliz - me dijo a los once – pero no me elijan a mí, porque lo que me hace feliz a mí es no ser feliz.


A los doce conoció a un neurocirujano en el barco, yendo a Montevideo. Le preguntó si podía conectar un nervio suyo con otro de una amiga de ella, porque quería saber cómo sentía el prójimo.


 


A los diez y siete, cuando estaba por terminar el colegio preguntó por qué no agrandaban el colegio en vez de echarla a ella y su promoción.


 


No podía elegir una carrera porque quería saber todo.


- Tengo miedo de no servir para nada si no se todo.- me dijo. Y esa vez sí lloré, no me cabe duda. Y cuando me preguntó qué me pasaba le dije que cuando tenía cuatro años tenía miedo de servir para algo.


-¿Y llorás por haber estropeado ese maravilloso proyecto que fui?-


 


Eso es lo que nos ha quedado como recuerdo excluyente, sellado y aprobado por la fama de las redes.


Junto con que Sarmiento nunca faltó al colegio o que Washington siempre dijo la verdad, o que Belgrano creó la bandera del color del cielo y las nubes.


Odio hablar de Carla porque tengo más presente su muerte que su vida.


Mi viejo era geólogo y le gustaba explicarnos cosas. Era un filósofo, todo le interesaba y todo lo quería explicar. Me acuerdo especialmente de un verano a la noche en que con una naranja en la mano nos explicaba como la tierra daba vueltas al rededor del sol representado, en esa ocasión, por la lamparita que colgaba desnuda, como un ojo desorbitado,  sobre la mesa del comedor diario. Nos mostraba el día y la noche y cómo por la inclinación del eje de rotación se producía el verano  y "acá ven que la luz pega más suave por que los ángulos llegan oblicuos" el invierno. Era una linda explicación que yo seguramente hubiese recordado toda la vida aún si no hubiese sido subrayada por lo que ocurrió unos meses después.


Yo pedí de postre una naranja y mi madre mostrándomela, medio verde de moho,  desde la frutera, me dijo, "queda una sola y está mala".


Carla sugirió: "sacale la parte que pregunta"


Mi madre no intentó entender pero mi padre que tenía adoración por Carla le pidió que explicara.


Carla, haciendo de cuenta que tenía la naranja en la mano empezó a orbitar al rededor del la lamparita como había hecho Papá. "Esto es la Tierra dando vueltas y vueltas por miles de millones de años alrededor de uno de los millones de  soles que hay en el universo. Inerte. Inerte .Inerte, decía mientras  giraba una y otra vez alrededor de la lamparita. Hasta que se dan las condiciones... agua carbono rayos y paf... empieza a fermentarse la superficie de la naranja. Aparece la vida más primitiva y durante millones de años esta fermentación del universo progresa y fabrica la fotosíntesis y nace el oxígeno y patatín patatán. Es el universo... haciendo lo que hacen los universos. Lo más Pancho. Pero la fermentación va generando nuevos bichos y aparece el hombre. Y el hombre pregunta qué es el universo. Algo le falla. Sale del universo y se cree que no es el universo. Y cuando explica que la Tierra gira alrededor del sol con una naranja, no dice giro  o giramos alrededor del sol dice  la Tierra gira. Algo pasó en la fermentación que hizo que este bichito dejara de ser naranja, Tierra, Universo. O por lo menos que se lo creyera. O que preguntara. No creo que ninguna otra parte de algo se pregunte nada."


Yo era cuatro años mayor, o sea que yo ya estaba en edad de entender esas ideas y Carla había logrado captar mi atención. Cuando terminó de hablar miré a mi padre y vi las lágrimas. No me gusta contar esto porque quedo muy mal, pero odié que Carla hiciera llorar a mi Padre. La odié a ella y me distancié de él. No recuerdo con qué palabras intenté descalificar y ridiculizar lo que ella había dicho y me fui sin mirar a Papá.


La cara de mi padre con lágrimas rodando por las mejillas y la boca cerrada todavía me duele. Porque con el tiempo entendí que en ese instante endiosó a Carla. Ya la admiraba, pero en ese instante ella se transformó para él en el sentido de la vida. Y que ocho años más tarde cuando ella eligió tomarse ese frasco de pastilla y  la encontró dura y fría en la cama,  recién cumplidos los veinte,  la puerta a la trascendencia se le cerró en la cara.


El mío fue un duelo complicado. Perdonarla y volver a quererla no era imposible, pero aceptar  el universo que ella había descartado…? ¿No sentirme culpable de ser la parte que pregunta…?

Monday, September 12, 2016

Atún

El tipo ve venir la tormenta y arranca la lancha. Omite recoger la línea de su hijo y queda el anzuelo brillando bajo el agua. Un atún  confunde ese  metal con algo comestible y desde entonces la lancha lo arrastra de la boca, milla tras milla, monótonamente hasta que reencarna en un escritor adicto a la cocaína que se baja de un colectivo aún en movimiento y da de cabeza con un cartel publicitario. Su amigo médico, también adicto, lo pasa a buscar por el hospital y lo lleva caminando a su casa. De una botella  a la que le da el sol todo el día sirve dos vasos de whisky puro y tibio. Cuando van por la mitad le pregunta: “¿querés la verdad?”
El escritor larga una carcajada y se agarra la cabeza porque duele. – “¡Zoom out!  ¡Zoom out!  - Grita - Quiero que la cámara se aleje de tu cara y se vea mi cuerpo, la vendas, la sangre, todo el cuarto, y que se aleje  y que después se vea desde afuera este alto  edificio rodeado de casas  más bajas que nos acechan y apretujan... son las librerías exigiendo mi próximo libro!!”
- Ja ja -  rié  el médico con mirada inteligente y después de una pausa demasiado corta para ser dramática le dice, lo que a él mismo le gustaría  que alguien le dijera: - Cáncer.
El escritor piensa unos segundos: No es un signo de zodíaco, no es un insulto, no lo tiene él, lo tengo yo.
- ¿Me sueltan?
Y ahí es el médico el que larga la carcajada. No porque le haga gracia sino porque siente una gran felicidad. Ha podido darle al escritor lo que necesitaba.
- Voy a mear dice el escritor-  y vuelve con el brazo mojado hasta el codo.
- ¿Qué pasó?
- Crucé la frontera. El agua del inodoro siempre había sido un tabú. Le metí el brazo como un veterinario haciendo tacto. Es una curva dura y la mano apenas pasa,  pero a mí no me dicen más hasta dónde puedo ir.  Tu mochila está embarazada.
Y después de un silencio, durante el que se seca el brazo en las cortinas, agrega:
- Siento que en algún momento de la adolescencia  mordí el anzuelo de la vida sagrada, del valor infinito de estas pelotudeces que pasan a diario. ¡Poetas de afiche! Nunca leí algo más cursi y descerebrado como “lo esencial es invisible a los ojos” Solo podía salir de un francés y del pretencioso siglo veinte. Yo sabía que estaba todo mal, pero me dejé arrastrar por el miedo, año tras año… o lo que es peor, segundo tras segundo. No sabés lo bien que me siento.  ¿hay algo para comer?
- Tengo una lata de atún.

Monday, September 05, 2016

los temas del alma


Se doblan los pelos del pincel con un orden superior cuando la inspiración guía la mano que sobrevuela  la tela.

Hay una similitud con la transparencia del ojo de la lechuza que el párpado mantiene prístina.

Y el viento  entre las hojas del bosque de abedules, en Polonia.

En Saturno no se puede respirar ni ver.

Hay un más allá sobre el que ni podemos preguntarnos.

¿A qué hora juega Messi?

Francisco primero


Si te juro que voy a contarte es verdad, y te pido de rodillas que me creas, posiblemente me digas dale contame. Pero tus ganas de creerme no habrán crecido en lo más mínimo.

Bueno, me contestó, pero yo soy el Papa. Existe una cosa que se llama la infalibilidad Papal. No soy yo  el que te lo pide, cuando se trata de fe,  el dogma de la iglesia no deja lugar a dudas de que mi palabra es indiscutible. Estamos hablando de una institución milenaria.  Y no te estoy hablando de San Lorenzo… en ese plano podemos debatir.

Ojo, le contesté, que yo como cualquier tipo que se precie tengo un amigo judío, y me informa que  ellos no están de acuerdo y te llevan como tres mil años de ventaja.

Salgamos a fumar un cigarrillo, me dijo. Y yo para mis adentros me anoté un poroto. Siempre que el otro quiere fumar es que lo tenés medio acorralado. Y no es que yo tenga algo contra el Papa en especial… a mí me gusta tener al otro acorralado, siempre. Y no lo digo con orgullo. El día que Maru me conoció me dijo sin maldad, como si me dijera, ah sos uruguayo, vos sos un cagón y yo pensé esta mina es peligrosa de una manera positiva. Pero sí, acorralar al otro es estrategia de cobarde. Y como parte del asunto es mantener las jerarquías fuera del asunto y no mostrar demasiado respeto, le dije esperá que termino la hamburguesa. No le hizo mella. Porque hace poco que es Papa y no se la cree. Así como yo sigo siendo un mochilero el sigue siendo un pibe de barrio. Si te descuidás es más ateo que yo. Medicos sanos, militares valientes, policías honestos, curas creyentes, ¿quién cree que el hábito hace al monje?

¿Vos fumás? Le dije cuando estábamos en la vereda y el sacó un atado y unos fósforos que no vi bien, pero hubiera jurado que eran Ranchera  como los de mi infancia. Me aflojaba mucho que estuviera disfrazado de tipo cualquiera con jeans y esa gorra negra que lo hacía otra persona. No, me dijo, es parte del disfraz, pero me gusta tener esa excusa… fumé hasta el conservatorio, y de vez en cuando es divertido.

Me dijo Firter que estas salidas no son novedad… hace tiempo que bajás al llano y te juntás con un simplón como yo, periódicamente,  disfrazado de cualquiera.

Me miró como si fuésemos viejos amigos: Yo hago todo lo posible por conectarme para arriba para que mis decisiones sean las mejore, pero a veces se llega arriba desde el boliche de hamburguesas.

Ahí me animé y le dije: ¿vos pensás que sos mejor que yo?

Para mi sorpresa la pregunta parecía hacerlo feliz.

Pero muy feliz. Se paró y dio unos pasitos como de baile sofrenado, festejando un gol rodeado de hinchas contrarios. Le pidió al mozo de afuera una botella de vino y prendió otro cigarrillo. Yo, que como ya fue aclarado, soy un cobarde, tenía cierta preocupación por lo que viniera después. Pero no se notaba.

Se bajó medio vaso de chianti de un trago y me dijo.

Quizá esta noche sea mejor que vos…. Porque no te imaginás la falta que me hace divertirme.

Dejar de ser.


 



Alguien quizás recuerde la serie El agente de CIPOL. Vi muchos episodios en mi infancia, pero recuerdo uno solo. Los malos se habían vuelto invencibles gracias a una droga.  Pero en la última escena, la espía rusa, mala, que había matado a casi todos, estaba tan acelerada que reventaba. Un mensaje moralista contra las drogas, supongo. Pero no aprendí.

En los últimos días estoy como aquella rubia. Escribiendo como un trompo. Sacándome ropajes y disfraces, límites y estilos, semáforos, carteles y caminos.

Como la meditación, como el silencio, como la iluminación, dejar de ser es un salto interesante. Soltar lo que te define: el arma, el oro, la fama o la personalidad.

Vi tres alemanes fumando a pasos del colegio Goethe, hoy a la tarde, bajo una mínima garúa. Y paré el auto. Me bajé como quién va a preguntar por una calle y les dije: se ha muerto el perro del personaje principal de mi novela. No pasó nada. La nada duró más de cinco eternos segundos en que les sostuve la mirada. Necesito un cigarrillo, les dije. El varón sacó un vulgar paquete de Marloboro box, y me dio fuego. Cobardes, pensé. Y después de la primera pitada me puse a llorar.

Odiaba a ese perro, les dije entre sollozos.  Y a mí mismo me dije: no puedo creer que lo estás haciendo. ¿Qué será… el uno por mil? ¿Qué porcentaje de gente burguesa y normal se anima  dejar de ser y abordar al prójimo con una situación de ficción delirante?

Dalmiro Saenz. Chapeau! Se disfrazó de linyera para experimentar lo que la gente le deparaba al marginal….recorrió las grandes cañerías de los desagües pluviales y las cloacas para conocer al hombre en sus situaciones alternativas. Los demás que conozco nos aferramos al caminito de ayer.

Hay un momento en que se decide ser o no ser el mismo de ayer. El de recién. El de este instante.

Si el almacén está cerrado mañana,  si no te viene a buscar el remís a la hora pactada, si no encontrás a tu hijo en la cama cuando lo vas a despertar, si tu marido te dice Palangana en vez de Marta, si no hay agua en las canillas ni pasto en el jardín…

Podés cagarte en las patas y rezar, o aprovechar.

Te gustaba tanto a dónde íbamos como para que te irrite esa posibilidad.

La madre de Carla le cuenta a la enfermera

- Tengo miedo de servir para algo – me dijo

Apoyé sus medias sobre la cómoda sin decir nada y me fui a la cocina… a prepararle el desayuno o a algo, porque no hubiese podido explicarle por qué su madre lloraba.

O quizás  le dije “No te preocupes que no corrés mucho riesgo… y vestite de una vez, Carla, que vas a llegar tarde. A ver, una pata acá, que hace frío, no andes descalza…”

Ella no se acuerda.  Tenía cuatro años, no puede acordarse. Y yo tengo setenta y ocho  así que tampoco puedo acordarme.

Un día me preguntó cuánto costaba un auto. Y, después de un rato,  por qué  no usaban algo más barato para armar embotellamientos de tránsito.
-Tendríamos que elegir una persona y entre todos los demás, hacerla feliz - me dijo a los once – pero no me elijan a mí, porque lo que me hace feliz a mí es no ser feliz.

A los doce conoció a un neurocirujano en el barco, yendo a Montevideo. Le preguntó si podía conectar un nervio suyo con otro de una amiga de ella, porque quería saber cómo sentía el prójimo.

A los diez y siete, cuando estaba por terminar el colegio preguntó por qué no agrandaban el colegio en vez de echarla a ella.

No podía elegir una carrera porque quería saber todo.
- Tengo miedo de no servir para nada si no se todo.- me dijo. Y esa vez sí lloré, no me cabe duda. Y cuando me preguntó qué me pasaba le dije que cuando tenía cuatro años tenía miedo de servir para algo.


-¿Y llorás por haber estropeado ese maravilloso proyecto que fui?-

 

 

 

 

 

Sunday, September 04, 2016

Pío


Yo ya estaba en la cama, con un libro, y Pío, que compartía cuarto, se preparaba para una fiesta. Las corbatas de seda que había traído de Roma me parecían lo máximo. Se estaba poniendo una, se la ajustó con una elegancia de movimientos estudiada, se miró al espejo, me vió a mi reflejado, giró sonriendo… e hizo su famoso gesto, que sabía que me encantaba: estiró el brazo derecho hacia adelante como para acomodar la manga de la camisa y el saco a fin de doblar más cómodamente el codo y se tocó suavemente con el revés del índice, la punta de la nariz… tenía más clase que James Bond. Bretón, Pío Breton.
Sacó, con reverencia, del cajón de más arriba de su cómoda su frasco de Eau Savage, que aún conservaba en la caja color madera rojiza. Miró seriamente cuánto quedaba, y sin dudarlo se aplicó la dosis justa. Se parecía a su padre que también era un fachero total. 
Estaba viviendo en casa porque Peggy y Bipe habían partido a algún destino diplomático y él, supongo, tenía que estudiar… pero, ni a él ni a mí, el estudio nos parecía una actividad que mereciera ser el eje de ninguna vida. 
Le gustaba el dulce de leche a temperatura ambiente, y en mi casa lo comíamos de postre con mucha frecuencia. Y siempre preguntaba ¿por qué guardan el dulce de leche en la heladera? Una frase como esa se vuelve muy graciosa si se dice suavemente tres o cuatro veces por mes durante más de un año. Hoy en la Recoleta, cuando el cura estaba por despedirlo, yo, parado en un rincón me acordé de esa pregunta y me agarró desprevenido un hachazo de dolor, y como un boludo me puse a llorar haciendo ridículos ruidos que trataba de tapar con un pañuelo de papel. 
En otra estadía más breve, en nuestra casa de Punta Chica, unos años antes, se le dio por pintar. Tendría quince años. Hizo unas manchas geométricas y desprolijas de distintos colores. Dijo que le gustaba la pintura moderna. Arte abstracto. El arte tiene un significado, me dijo. Y me explicó: esta es la pileta de natación, esto es el Náutico, esto es el auto en que vamos a todos lados, y seguían las explicaciones. Yo tenía cerca de doce, pero me estaba dando cuenta que sabía mucho más de arte que él: Pío, le dije, si es abstracto no tiene explicación. Si eso es una pileta no es abstracto. Me acuerdo de la expresión de su cara como si lo tuviera delante de mí. Lo habían engañado. Había estado perdiendo el tiempo. Le gustaba su pintura pero iba a tener que sacrificarla. Y cada vez que recuerdo esta escena le agradezco que aceptara su frustración sin descargarla en el mensajero. Y que respetara mi opinión, que me mirara y escuchara a pesar de que yo era menor, y fuera capaz de aceptar que algo de razón tenía.
Odio las corbatas de hoy en día porque amé tanto esas que él trajo de Italia. En esa época, a las fiestas, se iba de traje. Yo que todavía no iba mucho idealicé ese mundo viéndolo a él ir y venir. Era un verdadero Dandy. Un sábado por la noche en que mis padres habían viajado al campo, llegué a casa y en el hall de entrada tropecé con un zapato. Prendí la luz y vi un sweater en el pasillo, más adelante un jean bell bottom con un cinturón de florecillas de colores, después una camisa, un corpiño, y frente a la puerta de mi cuarto, que estaba cerrada con llave: una bombacha blanca, agitando en mi imaginación la bandera de la rendición total. Otro tipo me hubiese dejado una nota. Pío confiaba en los mensajes sutiles.
Lo visité en San Pablo, una vez. Trabajaba en marketing de mayonesa, para Molinos. Amaba sus productos y pasábamos por los supermercados donde dedicaba un rato a mirar su porción de góndola y acomodar frascos… obviamente no era su función, pero no podía controlar su amor por su laburo. Se hizo muy amigo, allá, de José Agote, un gran tipo que iba conmigo al colegio. Dime con quién anda y te diré quién eres. José era un quilombero de aquellos, con un talento natural y una inteligencia que no usaba a pleno porque le sobraba. Imagino que Pío y él se hicieron muy amigos compartiendo los misterios y la profundidad del exilio. Y la joda, porque eran tipos muy divertidos.
Hablar de Pío, despedir a Pío, haber conocido a Pío, es mucho más que la relación con un individuo. Los Bretón y los Grehan y la estela de ese cometa…. Son como los yuyos… te llenan un campo en cuanto te descuidas. Sylveiras, Bio Bretones, Grehans del Casi y de Punta Chica, Diplomáticos, Carpinteros, Pintores, Inmobiliarios, Escritores, Alfareros, Decoradores, Financieros, Politicólogos, Bohemios (sí, con mayúsculas), Monjas, Descendientes de Belgrano, Consignatarios, Muebleros, Administradores y Artesanos, Curas, Escultores, Pintores, Ateos cabeza dura, Acá y en el extranjero, irlandeses y jodones. 
La última vez que lo vi, le presenté a mi hijo Sancho, que tiene siete. Sentí el orgullo del padre, que desplaza todo sentimiento, pero recuperado de eso, vi la cara de Pío. No le daba lo mismo. Él también sentía que éramos parientes. Parientes por historia y elección. Que todo ese dulce de leche frío que había comido en Peña entre Pueyredón y Larrea, en la década del setenta, no era intrascendente. Estaba sentado en una mesa de la terraza del comedor del Náutico. Había llevado a Bipe y a Peggy a pasear. Le hice un masaje en los hombros a Bipe que agradeció sin decir nada, mientras Pío me decía cosas alegres. Repito: coas alegres. Leí hace poco que la gente no va a recordar lo que le digas pero sí cómo los hiciste sentir. Levanten la mano los que se sintieron bien con Pío: multitud. ¿Barrionuevo? Barrionuevo en sí mismo es una multitud.
Tuve que fumarme un cigarrillo en la Recoleta, para lo que asalté a Dellepiane que estaba en la misma, en un pasillo aledaño a la calle de la bóveda donde quedó el cajón. Estábamos ahí cuando pasó un gato por enfrente de nosotros. Indiferente como todos los gatos. Dueño del espacio. Local. Un gato recoleto. 
- Este debe ser una reencarnación- le dije a Dellepaine.
- Debe ser Pío- me dijo.
Y ahí me di cuenta que venía de ese lado, y que el timing era perfecto, y que su elegancia (vieran esos colores!) y su paso, y el canto a la vida que era su belleza, daban muchas ganas de creer en la reencarnación.
Por un instante lo tuve de nuevo a Pío. Inasible como son los gatos, pero visible.
No le dije nada. 
Ya hablaremos.