Sectas Secretas
Cada tanto, ahora que lo que Sancho toma es mamadera, me levanto yo, a la noche cuando llora, se la preparo y se la doy. El agujerito de la tetina es chico y en el silencio paralizado de la casa a media luz se oye el chorro de mínimas burbujas entrando en la mamadera a cambio de lo que sale. El consumo es mucho mas lento de lo que uno espera. Le doy mi dedo índice para que agarre mientras toma, o le masajeo su mano ente mis dedos. Y de vez en cuando sostengo la mamadera con la otra mano y le acaricio el poco pelo que le cubre la cabeza. Me pregunto si estará recibiendo mis señales y si eso le hará bien.
- ¿Vos qué haces cuando le das la mamadera?- Le pregunté a
Maribel esta mañana.
- Nada. Nos miramos a los ojos.-
- Mierda!- Pensé – Mierda, mierda, mierda!! ¿Cómo recién ahora vengo a enterarme? Obviamente eso es lo que hay que hacer! Había una secta de miradores a los ojos y yo estaba estúpidamente afuera.
Pero no es la primera vez que me pasa. Hubo toda una época de mi vida en que yo acepté la existencia de varones y mujeres sin preguntarme para qué servía. Estaba lleno de gente que conocía el secreto. Y hasta algo me habían explicado alguna vez, en términos abstractos y carentes de interés, como tantas otras cosas aburridas que intentaban que escuchara. Finalmente crucé la frontera y estuve del lado de los que sabían perfectamente para qué, cómo y por donde eran útiles las mujeres. No podía mirar al pasado sin un poco de resentimiento. ¿Cómo pude vivir tan alegremente en la ignorancia?
Desde entonces me pasa cada tanto lo mismo que esta mañana: enterarme que he estado afuera de algo creyéndome un piola bárbaro y haciendo el ridículo.
Entonces ando más atento, y miro a la gente a ver si sus ojos traicionan la culpa de pertenecer a algo que me excluye o alguna sabiduría secreta que yo desconozca.
He descubierto de casualidad, por efecto de esta actitud medio paranoica, que gente me debe libros o discos y se sienten culpables pero no me los devuelven, que las mujeres de mis amigos los engañan, que Santi no se lavó los dientes y ya está metido en la cama, que el perro ha mordido mis zapatillas de correr, que el vecino usa mi tacho de basura, y un montón de cosas que antes se me escapaban y que ahora ya me aburren. Pero sectas, lo que se dice sectas, que compartan un gran secreto y que me excluyan, de esas todavía no pesqué ninguna.
Tengo una pista, sin embargo, y quiero dejar esto escrito por lo que pudiera pasar si mi investigación da con algo importante.
Estoy mirando de cerca a los viejos. Se hacen los boludos de manera olímpica. Les cuesta poco, con esos ojos medio enturbiados y escondiéndose tras arrugas y dolores de diverso origen. Con una mano apoyada en tu brazo para caminar te venden el verso de que poco daño puede hacer quien tiene casi nada que esperar, ya, de la vida. Que astucia!
Justamente allí esta el secreto y te lo dicen para que no te des cuenta de que es un secreto. Entre ellos se miran y hablan de boludeces sabiendo perfectamente por qué lo hacen: pertenecen a la secta de los que se dieron cuenta de que el futuro no existe. Nunca lo mencionan, ni entre ellos. Me he tomado el trabajo de escuchar conversaciones desde el cuarto de al lado. Todo es tácito y sobreentendido. Hasta festejan los éxitos de los más jóvenes que se cuentan con orgullo entre ellos. Logros de hijos, sobrinos o nietos, que generalmente les parecen bien. Aunque sepan que detrás de un aparente triunfo está la inseguridad, el apuro ambicioso y la ansiedad desmedida, el matarse laburando, la adicción a la computadora, al sexo o a viajar, la incapacidad de comunicarse o la de estar quieto un rato. Aunque sepan que todo es inútil. Porque lo saben. Pero no se lo dicen a nadie.
Todavía no tengo pruebas porque esta gente no deja nada por escrito. La esencia misma de su secta es prescindir de todo eso. Pero basta imaginar. Ponerse en el lugar de ellos: si todo lo que compres tendrá otro dueño a corto plazo, si todo lo que ganes lo perderás, si no verás crecer nada que siembres, si nadie puede castigarte, si la vida que pueden quitarte ya la usaste toda…. Ellos han limpiando del vidrio a través del cual miran la vida todo lo que les impedía ver.
Y han de saber. Han de haber entendido como es la cosa cuando no estás distraído por toda la vida que hay por delante.
Pero se hacen los boludos.
A centímetros del abismo han de estar mirando a los ojos de algo.
Pero disimulan. No les interesa decirnos…
Ni a nosotros escuchar.
- ¿Vos qué haces cuando le das la mamadera?- Le pregunté a
Maribel esta mañana.- Nada. Nos miramos a los ojos.-
- Mierda!- Pensé – Mierda, mierda, mierda!! ¿Cómo recién ahora vengo a enterarme? Obviamente eso es lo que hay que hacer! Había una secta de miradores a los ojos y yo estaba estúpidamente afuera.
Pero no es la primera vez que me pasa. Hubo toda una época de mi vida en que yo acepté la existencia de varones y mujeres sin preguntarme para qué servía. Estaba lleno de gente que conocía el secreto. Y hasta algo me habían explicado alguna vez, en términos abstractos y carentes de interés, como tantas otras cosas aburridas que intentaban que escuchara. Finalmente crucé la frontera y estuve del lado de los que sabían perfectamente para qué, cómo y por donde eran útiles las mujeres. No podía mirar al pasado sin un poco de resentimiento. ¿Cómo pude vivir tan alegremente en la ignorancia?
Desde entonces me pasa cada tanto lo mismo que esta mañana: enterarme que he estado afuera de algo creyéndome un piola bárbaro y haciendo el ridículo.
Entonces ando más atento, y miro a la gente a ver si sus ojos traicionan la culpa de pertenecer a algo que me excluye o alguna sabiduría secreta que yo desconozca.
He descubierto de casualidad, por efecto de esta actitud medio paranoica, que gente me debe libros o discos y se sienten culpables pero no me los devuelven, que las mujeres de mis amigos los engañan, que Santi no se lavó los dientes y ya está metido en la cama, que el perro ha mordido mis zapatillas de correr, que el vecino usa mi tacho de basura, y un montón de cosas que antes se me escapaban y que ahora ya me aburren. Pero sectas, lo que se dice sectas, que compartan un gran secreto y que me excluyan, de esas todavía no pesqué ninguna.
Tengo una pista, sin embargo, y quiero dejar esto escrito por lo que pudiera pasar si mi investigación da con algo importante.

Estoy mirando de cerca a los viejos. Se hacen los boludos de manera olímpica. Les cuesta poco, con esos ojos medio enturbiados y escondiéndose tras arrugas y dolores de diverso origen. Con una mano apoyada en tu brazo para caminar te venden el verso de que poco daño puede hacer quien tiene casi nada que esperar, ya, de la vida. Que astucia!
Justamente allí esta el secreto y te lo dicen para que no te des cuenta de que es un secreto. Entre ellos se miran y hablan de boludeces sabiendo perfectamente por qué lo hacen: pertenecen a la secta de los que se dieron cuenta de que el futuro no existe. Nunca lo mencionan, ni entre ellos. Me he tomado el trabajo de escuchar conversaciones desde el cuarto de al lado. Todo es tácito y sobreentendido. Hasta festejan los éxitos de los más jóvenes que se cuentan con orgullo entre ellos. Logros de hijos, sobrinos o nietos, que generalmente les parecen bien. Aunque sepan que detrás de un aparente triunfo está la inseguridad, el apuro ambicioso y la ansiedad desmedida, el matarse laburando, la adicción a la computadora, al sexo o a viajar, la incapacidad de comunicarse o la de estar quieto un rato. Aunque sepan que todo es inútil. Porque lo saben. Pero no se lo dicen a nadie.

Todavía no tengo pruebas porque esta gente no deja nada por escrito. La esencia misma de su secta es prescindir de todo eso. Pero basta imaginar. Ponerse en el lugar de ellos: si todo lo que compres tendrá otro dueño a corto plazo, si todo lo que ganes lo perderás, si no verás crecer nada que siembres, si nadie puede castigarte, si la vida que pueden quitarte ya la usaste toda…. Ellos han limpiando del vidrio a través del cual miran la vida todo lo que les impedía ver.
Y han de saber. Han de haber entendido como es la cosa cuando no estás distraído por toda la vida que hay por delante.
Pero se hacen los boludos.
A centímetros del abismo han de estar mirando a los ojos de algo.
Pero disimulan. No les interesa decirnos…
Ni a nosotros escuchar.

