Tuesday, August 02, 2016

Asfalto


                                                     Dedicado a Pedro Mairal que lo dijo primero*


No era en José León Suarez, creo, pero quizás un nombre parecido. Una ruta, de asfalto negro sin ley, que a los costados en vez de veredas tenía tierra hasta las puertas de las ferreterías,  galpones, parillas, talleres, depósitos… las puertas tosían sobre esa tierra de nadie un aire de caño de escape con puchos, bolsas de plástico, boletos de colectivo, envases de yogurt desahuciados, zapatos viudos, cámaras de bicicleta semienterradas. La típica piel enferma de los accesos a la ciudad era presa fácil de  perros tímidamente arriesgados y el olor a quema. El poco revoque y pintura que de vez en cuando levantaba la nariz de la orfandad, tenía un aire de nuevo rico, digno de poca confianza. 

Poco después de que empezara a circular el 619 los del corralón le vendieron media manzana a unos que iban  a construir. Al tiempo cruzaba sobre  la ruta un caño de hierro gris, como una boa, que sacaba agua de la fosa y la entregaba, inocente y cristalina, a la mala suerte de la zanja de enfrente. Los camioneros lo pasaban, lentamente, con un gesto de sodomía y las motos estadísticamente se repartían en violentos frenadores, puteadores, derrapadores y accidentados. En la trampa de la noche humilde más de uno se encontró en el piso, sangrando y llorando el retorno de sus dolores de niño.

Ese fue el verano del calor en que la gente sacaba el catre para dormir en la vereda y los chicos se bañaban en la zanja.  Las gomas de los camiones amasaban contra el caño el asfalto como una teta de negra vieja. Y del otro lado, con mueca de asombro, empezó el primer hundimiento. Hijos de acostumbrados, los de ahí, no decían nada y los de afuera sacaban número sin preguntar. El destino que es indiferente a casi todo, se ensañó con ese desaire y,  parado en la ocasión que hace al ladrón, empezó a repetir la cosa, haciendo arcadas profundas por doquier y robándole protagonismo al caño original. La piel negra perdió su humildad superficial y se lanzó a profundidades y picos como un delfín rabioso. Una caravana resignada avanzaba, en primera, raspando la panza en las jorobas del asfalto y a veces pasaba largos ratos esperando que destrabaran a algún boludo o que las olas se adormecieran un poco con la salida del sol. De a pie y con gorras de colores, los vendedores de bebidas y cubanitos picoteaban ese gigante ciempiés como hormigas. El de los boletos de lotería, frustrado, pasó  a vender pantallas para abanicarse: la gente había dejado de creer en los números o quizás en el futuro. Con el movimiento, el asfalto se puso más negro. Como una ameba, digería  los papeles y la tierra que el viento ponía a su merced.

A los que venían de allá, lo de acá  los llamaban  “los que vienen” y a los que llegaban del otro lado les decían los “los que van” pero cuando el movimiento del asfalto pasó de la velocidad de la aguja chica a la de los minutos, dejaron de hablar de la gente. Y cuando el movimiento fue perceptible a simple vista como el segundero, volvieron a hablar, pero con más nerviosismo, y nadie se fijaba mucho en qué decía y perdieron el registro de lo que era ir y lo que era venir.

En esa época Dalia me pidió que fuésemos a ver si sus padres estaban bien.

Pensé en el frasco de berenjenas en escabeche que me daba siempre mi suegra al despedirse, apoyándome en la mejilla unos  pelos ralos pero duros del bigote y unas arrugas que se fruncían destilando hacia sus labios, como una lapicera, unas microgotas de sudor y saliva, con las que sellaba en mi mejilla el formulario de visita realizada.

Avanzábamos  lentamente detrás del 619 cuando el chofer paró y abrió la puerta de la izquierda  para hablar con uno de la misma línea que venía saliendo. “Parece que viene rosca” le dijo el que salía. La miré a Dalia pero parecía no haber escuchado. O quizá no sabía que los navegantes le dicen rosca a la tormenta fuerte.

Al rato estaba vomitando su inocencia y llenando la camioneta de un olor que no era mucho peor que el de afuera. Mi cinturón de seguridad estaba roto y a pesar de que me agarraba del volante con todas mis fuerzas a veces la salida de una ola coincidía con la entrada de otra y me daba la cabeza contra el techo. No pude ver bien qué nos pegó de atrás porque estaba mirando cómo nos íbamos a dar inevitablemente contra la cola del 619 y el impacto fue casi simultáneo: adelante y atrás. Ahora había algo de sangre sobre el vómito del piso. Del codo de Dalia y de mi nariz. Y se estaba levantando un viento fuerte que venía con arena de gusto a ciénaga y cementerio. En eso me pegó en la oreja algo alado y me di cuenta que el impacto de atrás se había llevado todos los vidrios y que había que hacer algo porque estábamos a la merced de la intemperie. Le pedí a Dalia que pasara al volante pensando en sacar el asiento de atrás y tapar con él la ventana trasera. Tirado en el piso de atrás encontré, moviéndose agónicamente con el viento, lo que me había pegado en la oreja: un cuaderno azul de tercer grado. La letra esforzándose por mantenerse en el renglón, luchando contra la soledad de la infancia.

Una nueva corcoveada del asfalto me tiró a Dalia encima, que en su susto desesperado parecía luchar contra mí. Los sacudones nos pusieron en tres posiciones sucesivas como amantes desesperados, y en la cuarta me encontré sosteniendo su cabellera, viendo su cuerpo fuera del auto, a merced de un nuevo abismo que la reclamaba. Cerré mi mano y tiré, para que no se fuera, porque no estaba yo preparado. Pero me quedaron  en la mano, las extensiones de la peluquería y algo de su pelo natural. Llegué a ver su cuerpo, envase de yogurt desahuciado, entre las ruedas del de atrás, un mionca que parecía vacío, una masa de hierro indiferente. Le cayó como un sello de la burocracia, y a otra cosa.

Ha llegado la fresca y ya nada cruje. Estoy tratando de separar los pelos de verdad de las extensiones. Los voy poniendo, en mechoncitos, entre las hojas del cuaderno. Los que tienen raíz, son sin duda originales… algunos traen algo de sangre que queda escrita en el cuaderno. Viva la patria! Dice una página… y pienso que quizás nos salvemos con las próximas elecciones.

* "El año del desierto" la mejor novela que he leído

Asfalto


                                                     Dedicado a Pedro Mairal que lo dijo primero*


No era en José León Suarez, creo, pero quizás un nombre parecido. Una ruta, de asfalto negro sin ley, que a los costados en vez de veredas tenía tierra hasta las puertas de las ferreterías,  galpones, parillas, talleres, depósitos… las puertas tosían sobre esa tierra de nadie un aire de caño de escape con puchos, bolsas de plástico, boletos de colectivo, envases de yogurt desahuciados, zapatos viudos, cámaras de bicicleta semienterradas. La típica piel enferma de los accesos a la ciudad era presa fácil de  perros tímidamente arriesgados y el olor a quema. El poco revoque y pintura que de vez en cuando levantaba la nariz de la orfandad, tenía un aire de nuevo rico, digno de poca confianza. 

Poco después de que empezara a circular el 619 los del corralón le vendieron media manzana a unos que iban  a construir. Al tiempo cruzaba sobre  la ruta un caño de hierro gris, como una boa, que sacaba agua de la fosa y la entregaba, inocente y cristalina, a la mala suerte de la zanja de enfrente. Los camioneros lo pasaban, lentamente, con un gesto de sodomía y las motos estadísticamente se repartían en violentos frenadores, puteadores, derrapadores y accidentados. En la trampa de la noche humilde más de uno se encontró en el piso, sangrando y llorando el retorno de sus dolores de niño.

Ese fue el verano del calor en que la gente sacaba el catre para dormir en la vereda y los chicos se bañaban en la zanja.  Las gomas de los camiones amasaban contra el caño el asfalto como una teta de negra vieja. Y del otro lado, con mueca de asombro, empezó el primer hundimiento. Hijos de acostumbrados, los de ahí, no decían nada y los de afuera sacaban número sin preguntar. El destino que es indiferente a casi todo, se ensañó con ese desaire y,  parado en la ocasión que hace al ladrón, empezó a repetir la cosa, haciendo arcadas profundas por doquier y robándole protagonismo al caño original. La piel negra perdió su humildad superficial y se lanzó a profundidades y picos como un delfín rabioso. Una caravana resignada avanzaba, en primera, raspando la panza en las jorobas del asfalto y a veces pasaba largos ratos esperando que destrabaran a algún boludo o que las olas se adormecieran un poco con la salida del sol. De a pie y con gorras de colores, los vendedores de bebidas y cubanitos picoteaban ese gigante ciempiés como hormigas. El de los boletos de lotería, frustrado, pasó  a vender pantallas para abanicarse: la gente había dejado de creer en los números o quizás en el futuro. Con el movimiento, el asfalto se puso más negro. Como una ameba, digería  los papeles y la tierra que el viento ponía a su merced.

A los que venían de allá, lo de acá  los llamaban  “los que vienen” y a los que llegaban del otro lado les decían los “los que van” pero cuando el movimiento del asfalto pasó de la velocidad de la aguja chica a la de los minutos, dejaron de hablar de la gente. Y cuando el movimiento fue perceptible a simple vista como el segundero, volvieron a hablar, pero con más nerviosismo, y nadie se fijaba mucho en qué decía y perdieron el registro de lo que era ir y lo que era venir.

En esa época Dalia me pidió que fuésemos a ver si sus padres estaban bien.

Pensé en el frasco de berenjenas en escabeche que me daba siempre mi suegra al despedirse, apoyándome en la mejilla unos  pelos ralos pero duros del bigote y unas arrugas que se fruncían destilando hacia sus labios, como una lapicera, unas microgotas de sudor y saliva, con las que sellaba en mi mejilla el formulario de visita realizada.

Avanzábamos  lentamente detrás del 619 cuando el chofer paró y abrió la puerta de la derecha para hablar con uno de la misma línea que venía saliendo. “Parece que viene rosca” le dijo el que salía. La miré a Dalia pero parecía no haber escuchado. O quizá no sabía que los navegantes le dicen rosca a la tormenta fuerte.

Al rato estaba vomitando su inocencia y llenando la camioneta de un olor que no era mucho peor que el de afuera. Mi cinturón de seguridad estaba roto y a pesar de que me agarraba del volante con todas mis fuerzas a veces la salida de una ola coincidía con la entrada de otra y me daba la cabeza contra el techo. No pude ver bien qué nos pegó de atrás porque estaba mirando cómo nos íbamos a dar inevitablemente contra la cola del 619 y el impacto fue casi simultáneo: adelante y atrás. Ahora había algo de sangre sobre el vómito del piso. Del codo de Dalia y de mi nariz. Y se estaba levantando un viento fuerte que venía con arena de gusto a ciénaga y cementerio. En eso me pegó en la oreja algo alado y me di cuenta que el impacto de atrás se había llevado todos los vidrios y que había que hacer algo porque estábamos a la merced de la intemperie. Le pedía a Dalia que pasara al volante pensando en sacar el asiento de atrás y tapar con él la ventana trasera. Tirado en el piso de atrás encontré, moviéndose agónicamente con el viento, lo que me había pegado en la oreja: un cuaderno azul de tercer grado. La letra esforzándose por mantenerse en el renglón, luchando contra la soledad de la infancia.

Una nueva corcoveada del asfalto me tiró a Dalia encima, que en su susto desesperado parecía luchar contra mí. Los sacudones nos pusieron en tres posiciones sucesivas como amantes desesperados, y en la cuarta me encontré sosteniendo su cabellera, viendo su cuerpo fuera del auto, a merced de un nuevo abismo que la reclamaba. Cerré mi mano y tiré, para que no se fuera, porque no estaba yo preparado. Pero me quedaron  en la mano, las extensiones de la peluquería y algo de su pelo natural. Llegué a ver su cuerpo, envase de yogurt desahuciado, entre las ruedas del de atrás, un mionca que parecía vacío, una masa de hierro indiferente. Le cayó como un sello de la burocracia, y a otra cosa.

Ha llegado la fresca y ya nada cruje. Estoy tratando de separar los pelos de verdad de las extensiones. Los voy poniendo, en mechoncitos, entre las hojas del cuaderno. Los que tienen raíz, son sin duda originales… algunos traen algo de sangre que queda escrita en el cuaderno. Viva la patria! Dice una página… y pienso que quizás nos salvemos con las próximas elecciones.

* "El año del desierto" la mejor novela que he leído

Asfalto


                                                     Dedicado a Pedro Mairal que lo dijo primero*


No era en José León Suarez, creo, pero quizás un nombre parecido. Una ruta, de asfalto negro sin ley, que a los costados en vez de veredas tenía tierra hasta las puertas de las ferreterías,  galpones, parillas, talleres, depósitos… las puertas tosían sobre esa tierra de nadie un aire de caño de escape con puchos, bolsas de plástico, boletos de colectivo, envases de yogurt desahuciados, zapatos viudos, cámaras de bicicleta semienterradas. La típica piel enferma de los accesos a la ciudad era presa fácil de  perros tímidamente arriesgados y el olor a quema. El poco revoque y pintura que de vez en cuando levantaba la nariz de la orfandad, tenía un aire de nuevo rico, digno de poca confianza. 

Poco después de que empezara a circular el 619 los del corralón le vendieron media manzana a unos que iban  a construir. Al tiempo cruzaba sobre  la ruta un caño de hierro gris, como una boa, que sacaba agua de la fosa y la entregaba, inocente y cristalina, a la mala suerte de la zanja de enfrente. Los camioneros lo pasaban, lentamente, con un gesto de sodomía y las motos estadísticamente se repartían en violentos frenadores, puteadores, derrapadores y accidentados. En la trampa de la noche humilde más de uno se encontró en el piso, sangrando y llorando el retorno de sus dolores de niño.

Ese fue el verano del calor en que la gente sacaba el catre para dormir en la vereda y los chicos se bañaban en la zanja.  Las gomas de los camiones amasaban contra el caño el asfalto como una teta de negra vieja. Y del otro lado, con mueca de asombro, empezó el primer hundimiento. Hijos de acostumbrados, los de ahí, no decían nada y los de afuera sacaban número sin preguntar. El destino que es indiferente a casi todo, se ensañó con ese desaire y,  parado en la ocasión que hace al ladrón, empezó a repetir la cosa, haciendo arcadas profundas por doquier y robándole protagonismo al caño original. La piel negra perdió su humildad superficial y se lanzó a profundidades y picos como un delfín rabioso. Una caravana resignada avanzaba, en primera, raspando la panza en las jorobas del asfalto y a veces pasaba largos ratos esperando que destrabaran a algún boludo o que las olas se adormecieran un poco con la salida del sol. De a pie y con gorras de colores, los vendedores de bebidas y cubanitos picoteaban ese gigante ciempiés como hormigas. El de los boletos de lotería, frustrado, pasó  a vender pantallas para abanicarse: la gente había dejado de creer en los números o quizás en el futuro. Con el movimiento, el asfalto se puso más negro. Como una ameba, digería  los papeles y la tierra que el viento ponía a su merced.

A los que venían de allá, lo de acá  los llamaban  “los que vienen” y a los que llegaban del otro lado les decían los “los que van” pero cuando el movimiento del asfalto pasó de moverse de la velocidad de la aguja chica a la de los minutos, dejaron de hablar de la gente. Y cuando el movimiento fue perceptible a simple vista como el segundero, volvieron a hablar, pero con más nerviosismo, y nadie se fijaba mucho en qué decía y perdieron el registro de lo que era ir y lo que era venir.

En esa época Dalia me pidió que fuésemos a ver si sus padres estaban bien.

Pensé en el frasco de berenjenas en escabeche que me daba siempre mi suegra al despedirse, apoyándome en la mejilla unos  pelos ralos pero duros del bigote y unas arrugas que se fruncían destilando hacia sus labios, como una lapicera, unas microgotas de sudor y saliva, con las que sellaba en mi mejilla el formulario de visita realizada.

Avanzábamos  lentamente detrás del 619 cuando el chofer paró y abrió la puerta de la derecha para hablar con uno de la misma línea que venía saliendo. “Parece que viene rosca” le dijo el que salía. La miré a Dalia pero parecía no haber escuchado. O quizá no sabía que los navegantes le dicen rosca a la tormenta fuerte.

Al rato estaba vomitando su inocencia y llenando la camioneta de un olor que no era mucho peor que el de afuera. Mi cinturón de seguridad estaba roto y a pesar de que me agarraba del volante con todas mis fuerzas a veces la salida de una ola coincidía con la entrada de otra y me daba la cabeza contra el techo. No pude ver bien qué nos pegó de atrás porque estaba mirando cómo nos íbamos a dar inevitablemente contra la cola del 619 y el impacto fue casi simultáneo: adelante y atrás. Ahora había algo de sangre sobre el vómito del piso. Del codo de Dalia y de mi nariz. Y se estaba levantando un viento fuerte que venía con arena de gusto a ciénaga y cementerio. En eso me pegó en la oreja algo alado y me di cuenta que el impacto de atrás se había llevado todos los vidrios y que había que hacer algo porque estábamos a la merced de la intemperie. Le pedía a Dalia que pasara al volante pensando en sacar el asiento de atrás y tapar con él la ventana trasera. Tirado en el piso de atrás encontré, moviéndose agónicamente con el viento, lo que me había pegado en la oreja: un cuaderno azul de tercer grado. La letra esforzándose por mantenerse en el renglón, luchando contra la soledad de la infancia.

Una nueva corcoveada del asfalto me tiró a Dalia encima, que en su susto desesperado parecía luchar contra mí. Los sacudones nos pusieron en tres posiciones sucesivas como amantes desesperados, y en la cuarta me encontré sosteniendo su cabellera, viendo su cuerpo fuera del auto, a merced de un nuevo abismo que la reclamaba. Cerré mi mano y tiré, para que no se fuera, porque no estaba yo preparado. Pero me quedaron  en la mano, las extensiones de la peluquería y algo de su pelo natural. Llegué a ver su cuerpo, envase de yogurt desahuciado, entre las ruedas del de atrás, un mionca que parecía vacío, una masa de hierro indiferente. Le cayó como un sello de la burocracia, y a otra cosa.

Ha llegado la fresca y ya nada cruje. Estoy tratando de separar los pelos de verdad de las extensiones. Los voy poniendo, en mechoncitos, entre las hojas del cuaderno. Los que tienen raíz, son sin duda originales… algunos traen algo de sangre que queda escrita en el cuaderno. Viva la patria! Dice una página… y pienso que quizás nos salvemos con las próximas elecciones.

* "El año del desierto" la mejor novela que he leído

Asfalto


                                                     Dedicado a Pedro Mairal que lo dijo primero*


No era en José León Suarez, creo, pero quizás un nombre parecido. Una ruta, de asfalto negro sin ley, que a los costados en vez de veredas tenía tierra hasta las puertas de las ferreterías,  galpones, parillas, talleres, depósitos… las puertas tosían sobre esa tierra de nadie un aire de caño de escape con puchos, bolsas de plástico, boletos de colectivo, envases de yogurt desahuciados, zapatos viudos, cámaras de bicicleta semienterradas. La típica piel enferma de los accesos a la ciudad era presa fácil de  perros tímidamente arriesgados y el olor a quema. El poco revoque y pintura que de vez en cuando levantaba la nariz de la orfandad, tenía un aire de nuevo rico, digno de poca confianza. 

Poco después de que empezara a circular el 619 los del corralón le vendieron media manzana a unos que iban  a construir. Al tiempo cruzaba sobre  la ruta un caño de hierro gris, como una boa, que sacaba agua de la fosa y la entregaba, inocente y cristalina, a la mala suerte de la zanja de enfrente. Los camioneros lo pasaban, lentamente, con un gesto de sodomía y las motos estadísticamente se repartían en violentos frenadores, puteadores, derrapadores y accidentados. En el silencio de la noche humilde más de uno se encontró en el piso, sangrando y llorando el retorno de sus dolores de niño.

Ese fue el verano del calor en que la gente sacaba el catre para dormir en la vereda y los chicos se bañaban en la zanja.  Las gomas de los camiones amasaban contra el caño el asfalto como una teta de negra vieja. Y del otro lado, con mueca de asombro, empezó el primer hundimiento. Hijos de acostumbrados, los de ahí, no decían nada y los de afuera sacaban número sin preguntar. El destino que es indiferente a casi todo, se ensañó con ese desaire y,  parado en la ocasión que hace al ladrón, empezó a repetir la cosa, haciendo arcadas profundas por doquier y robándole protagonismo al caño original. La piel negra perdió su humildad superficial y se lanzó a profundidades y picos como un delfín rabioso. Una caravana resignada avanzaba, en primera, raspando la panza en las jorobas del asfalto y a veces pasaba largos ratos esperando que destrabaran a algún boludo o que las olas se adormecieran un poco con la salida del sol. De a pie y con gorras de colores, los vendedores de bebidas y cubanitos picoteaban ese gigante ciempiés como hormigas. El de los boletos de lotería, frustrado, pasó  a vender pantallas para abanicarse: la gente había dejado de creer en los números o quizás en el futuro. Con el movimiento, el asfalto se puso más negro. Como una ameba, digería  los papeles y la tierra que el viento ponía a su merced.

A los que venían de allá, lo de acá  los llamaban  “los que vienen” y a los que llegaban del otro lado les decían los “los que van” pero cuando el movimiento del asfalto pasó de moverse de la velocidad de la aguja chica a la de los minutos, dejaron de hablar de la gente. Y cuando el movimiento fue perceptible a simple vista como el segundero, volvieron a hablar, pero con más nerviosismo, y nadie se fijaba mucho en qué decía y perdieron el registro de lo que era ir y lo que era venir.

En esa época Dalia me pidió que fuésemos a ver si sus padres estaban bien.

Pensé en el frasco de berenjenas en escabeche que me daba siempre mi suegra al despedirse, apoyándome en la mejilla unos  pelos ralos pero duros del bigote y unas arrugas que se fruncían destilando hacia sus labios, como una lapicera, unas microgotas de sudor y saliva, con las que sellaba en mi mejilla el formulario de visita realizada.

Avanzábamos  lentamente detrás del 619 cuando el chofer paró y abrió la puerta de la derecha para hablar con uno de la misma línea que venía saliendo. “Parece que viene rosca” le dijo el que salía. La miré a Dalia pero parecía no haber escuchado. O quizá no sabía que los navegantes le dicen rosca a la tormenta fuerte.

Al rato estaba vomitando su inocencia y llenando la camioneta de un olor que no era mucho peor que el de afuera. Mi cinturón de seguridad estaba roto y a pesar de que me agarraba del volante con todas mis fuerzas a veces la salida de una ola coincidía con la entrada de otra y me daba la cabeza contra el techo. No pude ver bien qué nos pegó de atrás porque estaba mirando cómo nos íbamos a dar inevitablemente contra la cola del 619 y el impacto fue casi simultáneo: adelante y atrás. Ahora había algo de sangre sobre el vómito del piso. Del codo de Dalia y de mi nariz. Y se estaba levantando un viento fuerte que venía con arena de gusto a ciénaga y cementerio. En eso me pegó en la oreja algo alado y me di cuenta que el impacto de atrás se había llevado todos los vidrios y que había que hacer algo porque estábamos a la merced de la intemperie. Le pedía a Dalia que pasara al volante pensando en sacar el asiento de atrás y tapar con él la ventana trasera. Tirado en el piso de atrás encontré, moviéndose agónicamente con el viento, lo que me había pegado en la oreja: un cuaderno azul de tercer grado. La letra esforzándose por mantenerse en el renglón, luchando contra la soledad de la infancia.

Una nueva corcoveada del asfalto me tiró a Dalia encima, que en su susto desesperado parecía luchar contra mí. Los sacudones nos pusieron en tres posiciones sucesivas como amantes desesperados, y en la cuarta me encontré sosteniendo su cabellera, viendo su cuerpo fuera del auto, a merced de un nuevo abismo que la reclamaba. Cerré mi mano y tiré, para que no se fuera, porque no estaba yo preparado. Pero me quedaron  en la mano, las extensiones de la peluquería y algo de su pelo natural. Llegué a ver su cuerpo, envase de yogurt desahuciado, entre las ruedas del de atrás, un mionca que parecía vacío, una masa de hierro indiferente. Le cayó como un sello de la burocracia, y a otra cosa.

Ha llegado la fresca y ya nada cruje. Estoy tratando de separar los pelos de verdad de las extensiones. Los voy poniendo, en mechoncitos, entre las hojas del cuaderno. Los que tienen raíz, son sin duda originales… algunos traen algo de sangre que queda escrita en el cuaderno. Viva la patria! Dice una página… y pienso que quizás nos salvemos con las próximas elecciones.

* "El año del desierto" la mejor novela que he leído

Saturday, July 23, 2016

El Timón

Una vela preñada le da paz al rubio, que sostiene el timón con una mano displicente, como quien retiene una copa, entre un trago y otro de champagne. Va a morir en veinte segundos. Y su novia que duerme abajo, desparramada después del amor, en la amplia cama de la cabina, nunca sabrá qué pasó. Despertará tres minutos después cuando el velero tumbe y la despierte el agua fría y salada. Nadará, presa del pánico y encontrará la salida, ya casi sin fuerzas por la falta de aire, y se prenderá de la botavara. En Nueva York sus padres estarán comprando, en ese instante, regalos de navidad para los nietos, sus sobrinos. Cuando ella grite el nombre del rubio, su madre firmará el ticket de la tarjeta de crédito. Y ella seguirá gritando cuando salgan de la juguetería y crucen la calle, con luz verde para los peatones. 
Nosotros nunca nos enteraremos de nada. Si visitamos Nueva York quizás pasemos frente a esa juguetería. Si alguien hubiera encontrado a tiempo el cadáver del rubio y hubiese visto que un pequeño meteorito le había arrancado el vientre provocando una muerte casi instantánea, seguramente hubiese llegado el dato a algún periodista que hubiera cubierto los baches de información con interpretaciones más o menos válidas y su escrito hubiese recorrido el mundo plasmando periódicos amarillistas y llegando a ser noticia viral en Internet.
Pero no.
Cuando un planeta tiene siete mil millones de habitantes es simplemente matemático que mueran cerca de diez millones por día. Vistos desde el cielo hay muchas hormiguitas cavando fosas o incinerando cuerpos. De los diez millones no es infrecuente que haya maneras de morir que llamen la atención. Pero no todas pueden llegar a la prensa… sería muy caro. 
El padre del rubio (cuando hay tantos millones puede ocurrir) murió de la rotura de un aneurisma tres días antes que su hijo, mientras él era visto por muchos testigos sacando el barco del puerto. Era un judío que inmigró a los Estados cuando él único hijo tenía cuatro años. La patente de la canilla monocomando para combinar el agua caliente y la fría le deparó al inmigrante, por esos descontroles de la economía en sociedades de consumo con un gran mercado, una fortuna difícil de gastar. Y la desaparición de un heredero al poco tiempo de la muerte de su padre despertó el interés de algunos abogados. El hermano mayor de su novia fue uno de ellos, ya que si ella había muerto después que él, el largo y demostrable concubinato que habían mantenido podía usarse en el estado en que vivían para declararla legítima heredera y, si ella había muerto también (después que él), gran parte de esos muchos millones pasarían a su bolsillo. Su hermana, a quien, después de semanas de desaparecida, ya daba por muerta, le ha pedido ayuda con su testamento cuatro años antes. Sin sospechar que eventualmente la fortuna de de su suegro le daría importancia al acto, quiso dejar sus bienes de exitosa representante de modelos, a uno de los hijos de su hermano, con síndrome de Down, para que siempre tuviera una asistencia adecuada, en caso de que sus padres no pudieran dársela. Por su condición de deficiente la herencia estaría a cargo del padre.
Si el abogado, hermano menor de la desaparecida pudiese hallar los cuerpos y demostrar que el rubio murió antes que ella y que convivían desde hacía más de un año, tendría derecho a cobrar una fortuna. Esa herencia aproximadamente significaría la posibilidad de gastar treinta millones de dólares por año por el resto de su vida. Estaba dispuesto a ceder la mitad con tal de que eso ocurriera. Y ocurriera pronto.
Un colega y amigo suyo, que luego de trabajar en el mismo estudio había aceptado la oferta de un competidor, le había contado en un almuerzo que tenía entre manos un caso de un aventurero que tras años de buscar tesoros había encontrado algo. No muy grande pero lo suficiente como para requerir asistencia legal para que no le impidieran quedárselo. A ese hombre recurrió el hermano de la desaparecida para encontrar pruebas que le permitieran a él quedarse con este tesoro proveniente de millones de casas que instalaban canillas monocomando.
El abogado convenció a la viuda del inventor del monocomando que valía la pena invertir lo necesario para encontrar a su hijo y la novia. La pobre vieja tenía la esperanza de que todavía estuviesen vivos. No podía ser que perdiera en el mismo mes a su marido y a su único hijo.
Fotos satelitales que consiguió el busca tesoros le dieron el paradero del barco. Y en dos días lo encontró. Tumbado y silencioso. Enredada a la botavara, atadas sus manos con los cabos estaba el cadáver de la novia del rubio. O lo que quedaba de ella. Llevaron todo a tierra y lo hicieron estudiar por peritos. El meteorito había incrustado partes del rubio en la madera del asiento del timonel. El informe fue muy extenso porque lo pagaron bien. Pero en resumen había tripas del rubio incrustadas en el barco y la madera quemada de alguna manera le permitió afirmar, sin dudas, que había sido un meteorito. Era un caso fácil de reconstruir. El abogado lloró a su hermana sin perder de vista el negocio. Estaba acostumbrado.
Se llevó a cabo el juicio casi veinte meses después. Para ese entonces la viuda del inventor del monocomando había muerto también. Supuestamente de tristeza. Era diabética y en una visita a su casa de fin de semana en Greenwich descuidó sus inyecciones y fue hallada una semana más tarde por el jardinero ecuatoriano que quería cobrar.
El cuñado del rubio despertó al día siguiente de terminado el juicio y le dijo a su mujer “Somos asquerosamente ricos”.
A medio día almorzaron con champagne y le autorizaron a los tres chicos (el que tenía síndrome de Down era el menor, de diez y seis) a tomar una copa. Le gustó al chico el gusto del espumante… y pidió más, y se lo dieron… él nunca entendió la diferencia entres ser clase media y millonario… pero por un instante sostuvo la copa como el rubio sostenía el timón. Sin saber que todo pasa.

Tuesday, July 19, 2016

Poetus Interruptus


Los escritores, buenos o malos, nos sentimos cracks. ¿Qué hay por encima del poeta?, las musas y los dioses, nada más.

Pero no tarda en llegar el día en que el poeta curioso se pregunta (como los griegos que de tanto comerciar conocieron otros dioses y se dieron cuenta de que los propios no eran absolutos y empezaron a filosofar) ¿las modelos no se sienten cracks con la misma intensidad? Ese es  el agujerito en el dique que rompe apenas la estructura…  Sale un chorrito que de a poco corroe la mampostería , y en el chorro que va creciendo paulatinamente, vienen ingenieros que hacen puentes y edificios cada vez más largos y altos, los médicos que salvan vidas, y para el caso, las enfermeras que saben que están más cerca  que  la teoría del último latido, o los políticos y gobernantes que deciden el destino, o los paseadores de perros que se acercan al amor abandonado por los que se dicen dueños.  El poeta es capaz de ver alrededor y entender que el barman maneja momentos  de inflexión, que el bombero no vive en la ficción, que el ama de casa tiene los piolines de lo más tierno y que la maestra jardinera marca el futuro a cientos de personas importantes.

El poeta se da cuenta de que es un mero alcahuete. Un narrador. Menos actualizado que el periodista y más superficial que el filósofo y el psiquiatra…. ¿y qué hace? Pide una botella de vino. Mira. Bebe y mira. Debe haber algo por descifrar. Todos los otros son, se dice, pero yo puedo imprimirlos y salvar su alma. La historia la escriben los vencedores y quizás el que escribe vence. Pero sabe que se está mintiendo. ¿le duele saber esto? No.  Si la mentira fuera sólo una herramienta tal vez se buscaría otro trabajo… pero hay algo en ordenar las palabras que trasciende lo moral:  La teta, el puñal, la última fosa, el río, la tormenta, el cadalso, la corona, el silencio… qué serían si nadie los

Thursday, July 14, 2016

cachetada


Cae la berenjena sobre un almohadón de tuerto.

Al límite del pabilo cae la repetición.

Y cae de nuevo, la lógica.

Entre líneas.

Wednesday, June 01, 2016

en memoria de Mr. Boyd

Iba en un taxi por Cabildo y la caprichosa democracia del los semáforos nos detuvo frente a una pizzería. “Pizzería” pensé, porque soy dado a filosofar.
Y la luz de las musas, a quienes debo los destellos de genialidad que a veces mis ser brinda al resto de los mortales, me impactó como un rayo: “Pizze… ría” es decir “Pizza… ría” … “Se llama así porque venden Pizza!” 
Traté de tomar el descubrimiento con serenidad y modestia… Me propuse seguir, fiel en mi amor a la sabiduría, explorando el infinito universo de la verdad. Me pregunté:
“Si vendieran queso ¿Qué sería?”
Ávido de compartir con mis pares el descubrimiento, intenté narrar el hecho a mi esposa, cuando llegué al hogar. Pero la memoria me jugó una mala pasada y no pude recordar la conclusión final de mi reciente raciocinio.
No pude lograr que se ría.
Ante este fracaso y viendo que su rostro no esbozaba ni la sombra de una sonrisa, le espeté, Dios me perdone, con algo de irritación:
“Qué seria!”

Tuesday, May 31, 2016

en memoria de Conrado y el soldado anónimo


Cuando se me mezclan la prosa y la rima sale una especie de pascualina con dulce de leche que cuesta tragar... tratándose de mi autor preferido (mysef) tengo un poco de indulgencia y me publico igual, pero queda advertido todo visitante que lo que sigue será leído a su propio riesgo....
quizás sea un atenuante el hecho de que intentaba narrar  un hecho real .... no, la verdad que no veo cómo eso pueda atenuar nada... si encuentro una palabra mas aceptable que atenuante aviso.



Hice ocho meses de servicio militar en Comodoro Rivadavia, el desierto,  donde no recuerdo haber visto nada vivo más que el viento.

Deambulábamos por el cuartel con uniformes verdes y birretes en la cabeza, que parecían de fotos en blanco y negro, desteñidos por el sol y descocidos por la tristeza.

Los borceguíes cansados de pisar piedra y arena se resignaban al frío, y se parecían cada vez más a nosotros, esperando una esperanza,  más que sucios, fuera de foco por la indiferencia de la distancia.

Un grupo de nosotros era un rastrojo. Oculto el carácter en la cantidad, y bajo la visera, los ojos. De tan triste y deslucida, con tan poco brillo o contraste, de pura opaca la imagen a fuerza de mediocridad, no alcanzaba  a destacarse para provocar ni piedad.

Los oficiales, mejor vestidos, asemejaban billetes, los sumbos eran monedas, y nosotros envoltorios en que se anotan la deudas.

Una noche desmentí todas estas ideas. Me tocó hacer guardia en el puesto uno, frontera contra la pampa desierta y la inmensidad de estrellas. El puesto era una casilla de ladrillo militar revocada de blanco y pintada de vieja cal.

Encendí, contra el viento, un cigarro, metido en esa casucha y a la luz de la llama vi, bajo la cal, unas líneas talladas en el barro, que leí.

Cuatro décadas después recuerdo las letras duras que con paciencia y trabajo tajeaban esa pintura. Un anónimo soldado dejó allí un monumento al brillo de tantos ojos que en el montón no brillaban:

“Música por que sí, música vana. Como la vana música del grillo… Mi corazón eglógico y sencillo, se ha despertado grillo esta mañana.”

Entre el rastrojo asoma ese día un tipo que  me hace señas, sin cara, sin fecha cierta… como una estrella fugaz… uno que me hace creer en todos y  que no conocí jamás.

 

 

 

Monday, May 30, 2016

ja!


Se apareció en mi cuarto despanzurrado de elefante rosa y me dijo que no se me ocurriera escribir esta noche. Apagué el televisor y bajé las escaleras en bicicleta. Un turbante blanco me pegó en la cara cuando casi estaba llegando y tuve que resucitar para sentarme en esta comadreja a redactar una carta de amor.

Estoy tan seguro de que la realidad es como es que está por caer una bomba. Mi sed no alcanza para tomarse todas las letras anteriores asique huiré hacia adelante en un signo de pregunta. Te gustan mis zapatillas?  Te gusta alguna puta cosa?

Cuando un cadáver estuvo seis días al sol, la parte húmeda, de abajo, es la más interesante, porque por afuera ya los flashes y el barniz de los chimentos le han resecado la inmortalidad…. Dame vuelta.  Encontrarás los números que no salen en la ruleta… y un dedo.

Sacame de acá. Descolgá el cuadro. Pasame la sal. Desgarrate fuerte. Soltá el corpiño.

Ja. Y vos te crees que tu vida tiene más sentido!