Monday, September 12, 2016

Atún

El tipo ve venir la tormenta y arranca la lancha. Omite recoger la línea de su hijo y queda el anzuelo brillando bajo el agua. Un atún  confunde ese  metal con algo comestible y desde entonces la lancha lo arrastra de la boca, milla tras milla, monótonamente hasta que reencarna en un escritor adicto a la cocaína que se baja de un colectivo aún en movimiento y da de cabeza con un cartel publicitario. Su amigo médico, también adicto, lo pasa a buscar por el hospital y lo lleva caminando a su casa. De una botella  a la que le da el sol todo el día sirve dos vasos de whisky puro y tibio. Cuando van por la mitad le pregunta: “¿querés la verdad?”
El escritor larga una carcajada y se agarra la cabeza porque duele. – “¡Zoom out!  ¡Zoom out!  - Grita - Quiero que la cámara se aleje de tu cara y se vea mi cuerpo, la vendas, la sangre, todo el cuarto, y que se aleje  y que después se vea desde afuera este alto  edificio rodeado de casas  más bajas que nos acechan y apretujan... son las librerías exigiendo mi próximo libro!!”
- Ja ja -  rié  el médico con mirada inteligente y después de una pausa demasiado corta para ser dramática le dice, lo que a él mismo le gustaría  que alguien le dijera: - Cáncer.
El escritor piensa unos segundos: No es un signo de zodíaco, no es un insulto, no lo tiene él, lo tengo yo.
- ¿Me sueltan?
Y ahí es el médico el que larga la carcajada. No porque le haga gracia sino porque siente una gran felicidad. Ha podido darle al escritor lo que necesitaba.
- Voy a mear dice el escritor-  y vuelve con el brazo mojado hasta el codo.
- ¿Qué pasó?
- Crucé la frontera. El agua del inodoro siempre había sido un tabú. Le metí el brazo como un veterinario haciendo tacto. Es una curva dura y la mano apenas pasa,  pero a mí no me dicen más hasta dónde puedo ir.  Tu mochila está embarazada.
Y después de un silencio, durante el que se seca el brazo en las cortinas, agrega:
- Siento que en algún momento de la adolescencia  mordí el anzuelo de la vida sagrada, del valor infinito de estas pelotudeces que pasan a diario. ¡Poetas de afiche! Nunca leí algo más cursi y descerebrado como “lo esencial es invisible a los ojos” Solo podía salir de un francés y del pretencioso siglo veinte. Yo sabía que estaba todo mal, pero me dejé arrastrar por el miedo, año tras año… o lo que es peor, segundo tras segundo. No sabés lo bien que me siento.  ¿hay algo para comer?
- Tengo una lata de atún.

Monday, September 05, 2016

los temas del alma


Se doblan los pelos del pincel con un orden superior cuando la inspiración guía la mano que sobrevuela  la tela.

Hay una similitud con la transparencia del ojo de la lechuza que el párpado mantiene prístina.

Y el viento  entre las hojas del bosque de abedules, en Polonia.

En Saturno no se puede respirar ni ver.

Hay un más allá sobre el que ni podemos preguntarnos.

¿A qué hora juega Messi?

Francisco primero


Si te juro que voy a contarte es verdad, y te pido de rodillas que me creas, posiblemente me digas dale contame. Pero tus ganas de creerme no habrán crecido en lo más mínimo.

Bueno, me contestó, pero yo soy el Papa. Existe una cosa que se llama la infalibilidad Papal. No soy yo  el que te lo pide, cuando se trata de fe,  el dogma de la iglesia no deja lugar a dudas de que mi palabra es indiscutible. Estamos hablando de una institución milenaria.  Y no te estoy hablando de San Lorenzo… en ese plano podemos debatir.

Ojo, le contesté, que yo como cualquier tipo que se precie tengo un amigo judío, y me informa que  ellos no están de acuerdo y te llevan como tres mil años de ventaja.

Salgamos a fumar un cigarrillo, me dijo. Y yo para mis adentros me anoté un poroto. Siempre que el otro quiere fumar es que lo tenés medio acorralado. Y no es que yo tenga algo contra el Papa en especial… a mí me gusta tener al otro acorralado, siempre. Y no lo digo con orgullo. El día que Maru me conoció me dijo sin maldad, como si me dijera, ah sos uruguayo, vos sos un cagón y yo pensé esta mina es peligrosa de una manera positiva. Pero sí, acorralar al otro es estrategia de cobarde. Y como parte del asunto es mantener las jerarquías fuera del asunto y no mostrar demasiado respeto, le dije esperá que termino la hamburguesa. No le hizo mella. Porque hace poco que es Papa y no se la cree. Así como yo sigo siendo un mochilero el sigue siendo un pibe de barrio. Si te descuidás es más ateo que yo. Medicos sanos, militares valientes, policías honestos, curas creyentes, ¿quién cree que el hábito hace al monje?

¿Vos fumás? Le dije cuando estábamos en la vereda y el sacó un atado y unos fósforos que no vi bien, pero hubiera jurado que eran Ranchera  como los de mi infancia. Me aflojaba mucho que estuviera disfrazado de tipo cualquiera con jeans y esa gorra negra que lo hacía otra persona. No, me dijo, es parte del disfraz, pero me gusta tener esa excusa… fumé hasta el conservatorio, y de vez en cuando es divertido.

Me dijo Firter que estas salidas no son novedad… hace tiempo que bajás al llano y te juntás con un simplón como yo, periódicamente,  disfrazado de cualquiera.

Me miró como si fuésemos viejos amigos: Yo hago todo lo posible por conectarme para arriba para que mis decisiones sean las mejore, pero a veces se llega arriba desde el boliche de hamburguesas.

Ahí me animé y le dije: ¿vos pensás que sos mejor que yo?

Para mi sorpresa la pregunta parecía hacerlo feliz.

Pero muy feliz. Se paró y dio unos pasitos como de baile sofrenado, festejando un gol rodeado de hinchas contrarios. Le pidió al mozo de afuera una botella de vino y prendió otro cigarrillo. Yo, que como ya fue aclarado, soy un cobarde, tenía cierta preocupación por lo que viniera después. Pero no se notaba.

Se bajó medio vaso de chianti de un trago y me dijo.

Quizá esta noche sea mejor que vos…. Porque no te imaginás la falta que me hace divertirme.

Dejar de ser.


 



Alguien quizás recuerde la serie El agente de CIPOL. Vi muchos episodios en mi infancia, pero recuerdo uno solo. Los malos se habían vuelto invencibles gracias a una droga.  Pero en la última escena, la espía rusa, mala, que había matado a casi todos, estaba tan acelerada que reventaba. Un mensaje moralista contra las drogas, supongo. Pero no aprendí.

En los últimos días estoy como aquella rubia. Escribiendo como un trompo. Sacándome ropajes y disfraces, límites y estilos, semáforos, carteles y caminos.

Como la meditación, como el silencio, como la iluminación, dejar de ser es un salto interesante. Soltar lo que te define: el arma, el oro, la fama o la personalidad.

Vi tres alemanes fumando a pasos del colegio Goethe, hoy a la tarde, bajo una mínima garúa. Y paré el auto. Me bajé como quién va a preguntar por una calle y les dije: se ha muerto el perro del personaje principal de mi novela. No pasó nada. La nada duró más de cinco eternos segundos en que les sostuve la mirada. Necesito un cigarrillo, les dije. El varón sacó un vulgar paquete de Marloboro box, y me dio fuego. Cobardes, pensé. Y después de la primera pitada me puse a llorar.

Odiaba a ese perro, les dije entre sollozos.  Y a mí mismo me dije: no puedo creer que lo estás haciendo. ¿Qué será… el uno por mil? ¿Qué porcentaje de gente burguesa y normal se anima  dejar de ser y abordar al prójimo con una situación de ficción delirante?

Dalmiro Saenz. Chapeau! Se disfrazó de linyera para experimentar lo que la gente le deparaba al marginal….recorrió las grandes cañerías de los desagües pluviales y las cloacas para conocer al hombre en sus situaciones alternativas. Los demás que conozco nos aferramos al caminito de ayer.

Hay un momento en que se decide ser o no ser el mismo de ayer. El de recién. El de este instante.

Si el almacén está cerrado mañana,  si no te viene a buscar el remís a la hora pactada, si no encontrás a tu hijo en la cama cuando lo vas a despertar, si tu marido te dice Palangana en vez de Marta, si no hay agua en las canillas ni pasto en el jardín…

Podés cagarte en las patas y rezar, o aprovechar.

Te gustaba tanto a dónde íbamos como para que te irrite esa posibilidad.

La madre de Carla le cuenta a la enfermera

- Tengo miedo de servir para algo – me dijo

Apoyé sus medias sobre la cómoda sin decir nada y me fui a la cocina… a prepararle el desayuno o a algo, porque no hubiese podido explicarle por qué su madre lloraba.

O quizás  le dije “No te preocupes que no corrés mucho riesgo… y vestite de una vez, Carla, que vas a llegar tarde. A ver, una pata acá, que hace frío, no andes descalza…”

Ella no se acuerda.  Tenía cuatro años, no puede acordarse. Y yo tengo setenta y ocho  así que tampoco puedo acordarme.

Un día me preguntó cuánto costaba un auto. Y, después de un rato,  por qué  no usaban algo más barato para armar embotellamientos de tránsito.
-Tendríamos que elegir una persona y entre todos los demás, hacerla feliz - me dijo a los once – pero no me elijan a mí, porque lo que me hace feliz a mí es no ser feliz.

A los doce conoció a un neurocirujano en el barco, yendo a Montevideo. Le preguntó si podía conectar un nervio suyo con otro de una amiga de ella, porque quería saber cómo sentía el prójimo.

A los diez y siete, cuando estaba por terminar el colegio preguntó por qué no agrandaban el colegio en vez de echarla a ella.

No podía elegir una carrera porque quería saber todo.
- Tengo miedo de no servir para nada si no se todo.- me dijo. Y esa vez sí lloré, no me cabe duda. Y cuando me preguntó qué me pasaba le dije que cuando tenía cuatro años tenía miedo de servir para algo.


-¿Y llorás por haber estropeado ese maravilloso proyecto que fui?-

 

 

 

 

 

Sunday, September 04, 2016

Pío


Yo ya estaba en la cama, con un libro, y Pío, que compartía cuarto, se preparaba para una fiesta. Las corbatas de seda que había traído de Roma me parecían lo máximo. Se estaba poniendo una, se la ajustó con una elegancia de movimientos estudiada, se miró al espejo, me vió a mi reflejado, giró sonriendo… e hizo su famoso gesto, que sabía que me encantaba: estiró el brazo derecho hacia adelante como para acomodar la manga de la camisa y el saco a fin de doblar más cómodamente el codo y se tocó suavemente con el revés del índice, la punta de la nariz… tenía más clase que James Bond. Bretón, Pío Breton.
Sacó, con reverencia, del cajón de más arriba de su cómoda su frasco de Eau Savage, que aún conservaba en la caja color madera rojiza. Miró seriamente cuánto quedaba, y sin dudarlo se aplicó la dosis justa. Se parecía a su padre que también era un fachero total. 
Estaba viviendo en casa porque Peggy y Bipe habían partido a algún destino diplomático y él, supongo, tenía que estudiar… pero, ni a él ni a mí, el estudio nos parecía una actividad que mereciera ser el eje de ninguna vida. 
Le gustaba el dulce de leche a temperatura ambiente, y en mi casa lo comíamos de postre con mucha frecuencia. Y siempre preguntaba ¿por qué guardan el dulce de leche en la heladera? Una frase como esa se vuelve muy graciosa si se dice suavemente tres o cuatro veces por mes durante más de un año. Hoy en la Recoleta, cuando el cura estaba por despedirlo, yo, parado en un rincón me acordé de esa pregunta y me agarró desprevenido un hachazo de dolor, y como un boludo me puse a llorar haciendo ridículos ruidos que trataba de tapar con un pañuelo de papel. 
En otra estadía más breve, en nuestra casa de Punta Chica, unos años antes, se le dio por pintar. Tendría quince años. Hizo unas manchas geométricas y desprolijas de distintos colores. Dijo que le gustaba la pintura moderna. Arte abstracto. El arte tiene un significado, me dijo. Y me explicó: esta es la pileta de natación, esto es el Náutico, esto es el auto en que vamos a todos lados, y seguían las explicaciones. Yo tenía cerca de doce, pero me estaba dando cuenta que sabía mucho más de arte que él: Pío, le dije, si es abstracto no tiene explicación. Si eso es una pileta no es abstracto. Me acuerdo de la expresión de su cara como si lo tuviera delante de mí. Lo habían engañado. Había estado perdiendo el tiempo. Le gustaba su pintura pero iba a tener que sacrificarla. Y cada vez que recuerdo esta escena le agradezco que aceptara su frustración sin descargarla en el mensajero. Y que respetara mi opinión, que me mirara y escuchara a pesar de que yo era menor, y fuera capaz de aceptar que algo de razón tenía.
Odio las corbatas de hoy en día porque amé tanto esas que él trajo de Italia. En esa época, a las fiestas, se iba de traje. Yo que todavía no iba mucho idealicé ese mundo viéndolo a él ir y venir. Era un verdadero Dandy. Un sábado por la noche en que mis padres habían viajado al campo, llegué a casa y en el hall de entrada tropecé con un zapato. Prendí la luz y vi un sweater en el pasillo, más adelante un jean bell bottom con un cinturón de florecillas de colores, después una camisa, un corpiño, y frente a la puerta de mi cuarto, que estaba cerrada con llave: una bombacha blanca, agitando en mi imaginación la bandera de la rendición total. Otro tipo me hubiese dejado una nota. Pío confiaba en los mensajes sutiles.
Lo visité en San Pablo, una vez. Trabajaba en marketing de mayonesa, para Molinos. Amaba sus productos y pasábamos por los supermercados donde dedicaba un rato a mirar su porción de góndola y acomodar frascos… obviamente no era su función, pero no podía controlar su amor por su laburo. Se hizo muy amigo, allá, de José Agote, un gran tipo que iba conmigo al colegio. Dime con quién anda y te diré quién eres. José era un quilombero de aquellos, con un talento natural y una inteligencia que no usaba a pleno porque le sobraba. Imagino que Pío y él se hicieron muy amigos compartiendo los misterios y la profundidad del exilio. Y la joda, porque eran tipos muy divertidos.
Hablar de Pío, despedir a Pío, haber conocido a Pío, es mucho más que la relación con un individuo. Los Bretón y los Grehan y la estela de ese cometa…. Son como los yuyos… te llenan un campo en cuanto te descuidas. Sylveiras, Bio Bretones, Grehans del Casi y de Punta Chica, Diplomáticos, Carpinteros, Pintores, Inmobiliarios, Escritores, Alfareros, Decoradores, Financieros, Politicólogos, Bohemios (sí, con mayúsculas), Monjas, Descendientes de Belgrano, Consignatarios, Muebleros, Administradores y Artesanos, Curas, Escultores, Pintores, Ateos cabeza dura, Acá y en el extranjero, irlandeses y jodones. 
La última vez que lo vi, le presenté a mi hijo Sancho, que tiene siete. Sentí el orgullo del padre, que desplaza todo sentimiento, pero recuperado de eso, vi la cara de Pío. No le daba lo mismo. Él también sentía que éramos parientes. Parientes por historia y elección. Que todo ese dulce de leche frío que había comido en Peña entre Pueyredón y Larrea, en la década del setenta, no era intrascendente. Estaba sentado en una mesa de la terraza del comedor del Náutico. Había llevado a Bipe y a Peggy a pasear. Le hice un masaje en los hombros a Bipe que agradeció sin decir nada, mientras Pío me decía cosas alegres. Repito: coas alegres. Leí hace poco que la gente no va a recordar lo que le digas pero sí cómo los hiciste sentir. Levanten la mano los que se sintieron bien con Pío: multitud. ¿Barrionuevo? Barrionuevo en sí mismo es una multitud.
Tuve que fumarme un cigarrillo en la Recoleta, para lo que asalté a Dellepiane que estaba en la misma, en un pasillo aledaño a la calle de la bóveda donde quedó el cajón. Estábamos ahí cuando pasó un gato por enfrente de nosotros. Indiferente como todos los gatos. Dueño del espacio. Local. Un gato recoleto. 
- Este debe ser una reencarnación- le dije a Dellepaine.
- Debe ser Pío- me dijo.
Y ahí me di cuenta que venía de ese lado, y que el timing era perfecto, y que su elegancia (vieran esos colores!) y su paso, y el canto a la vida que era su belleza, daban muchas ganas de creer en la reencarnación.
Por un instante lo tuve de nuevo a Pío. Inasible como son los gatos, pero visible.
No le dije nada. 
Ya hablaremos.

Friday, September 02, 2016

Purmamarca





Purmamarca me suena a afiche de agencia de turismo. Esos cerros que parecen helado con colorantes artificiales,  adjetivados con mal gusto por gente que te quiere vender un tour, hasta que ya no crees en nada.

Pero estoy ahí. Desayunando en esta casa vieja y grande que han transformado en un hotel llamado el Manantial del Silencio, que es verdaderamente, lo más silencioso que he conocido en mi vida. Ni moscas. Quién habrá sido el boludo que decidió que los colores eran siete, le digo a la novia de Nazareno.  Pero cómo nos hemos conocido recién anoche en el taxi, no entiende la pregunta y  no se anima a pedir explicaciones.  Me sirvo un café y cereal en dos tasas iguales. En mi lugar de la  mesa encuentro una tercera tasa, similar,  vacía.  Apoyo las que traigo y me siento.  Decido empezar por el café, porque con la altura, estoy medio aturdido. Pero no lo encuentro. Veo el cereal a mi izquierda y la taza vacía a mi derecha, pero ¿dónde dejé el café? Obviamente cuando descubro que estaba en el medio, frente a mí, más cerca que las otras dos tazas, me acuerdo de mi padre y su Alzheimer.  Ya pasé los sesenta y este año engordé como seis kilos así que me siento, un poco, un viejo. 

Después del medio día llegará un montón de gente con los que hablaremos de sustentabilidad y otros temas interesantes, sentados en la plaza. Pero tengo la mañana para mí. Podría comprar un bastón para mi colección y conocer el pueblo.  Voy caminando por la ruta hasta la calle que me marcó el conserje en el mapa.  Doblo como dobla su trazo de birome azul. Pero la realidad dice que he doblado, un poco antes, en la entrada a un patio que nuclea un conjunto de casas privadas, sólidas y humildes. Como un efecto cinematográfico se levanta un remolino de tierra y me tapo la cara. Al recuperarme veo una niña de ojos enormes, como suelen tenerlos las chicas coyas, y una señora que sale de la casa a rescatarla, quizá, de este hombre de paso incierto, quizá impredecible. Me pregunto en qué tono debo hablar para que esta mujer vea el mundo como lo veo yo.  Para que sepa que soy todavía el adolescente que una vez pasó por acá con una mochila y pelo largo. Pero su mirada de tierra es más sólida que mi pensamiento y me siento como lo que ella ve… un señor en un lugar equivocado. Considero retroceder por donde vine y poner esta carta en el mazo del olvido con la mínima consecuencia. Pero la carta tiembla en mi mano un instante, me pide  clemencia. No quiere ser otra rendición ante un  cul des sac. Otro retroceder buscando asfalto. Ve la oportunidad de la trascendencia. Quiere avanzar y estar. En eses instante como si algún otro cerebro se catapultara al mío me viene a la mente un pensamiento inesperado: soy el único espermatozoide que llegó. Con claridad terminal me digo que sigo siendo aquél. Y en voz alta “yo  hago lo que quiero”, le digo a la mujer. Pero es como si no hubiese hablado. Las chupa la puerta y estoy nuevamente sólo. Vuelvo a considerar la huída. Pero aparece un hombre, seguramente el abuelo, que me mira sin moverse. Un peso enorme se me quita del cuerpo. Ha cesado la vergüenza. Sesenta y tantos años le ha tomado despegarse. En vez de hablarle al viejo para que vea el mundo como yo, me siento sobre un tronco. Al cuerpo  le encanta la vida de sentado sin vergüenza. Junto a una mancha de sopa  sobre el sweater veo un ojal deshabitado y noto que los botones no están en los lugares que corresponden y que el de más arriba se muestra, erguido, casi  en el territorio de la camisa. Podría tener con éste de más arriba una larga conversación sobre cómo hemos llegado a esto, él yo. Mi padre miraría con esa cara que ponía cuando quería ocultar la sonrisa.

El abuelo, que no ha perdido la vergüenza ni se ha sentado sobre un tronco, me pregunta algo con su voz de tierra, que no entiendo ni quiero entender, yo, que siempre quise entenderlo todo. Sé que quiere darme algún sentido y me está pidiendo que lo ayude en eso… y sé que no quiero volver al asfalto. El espermatozoide que soy quiere ser hoja al viento, ahora… quiere ser como era mi padre cuando el médico entre un montón de palabras olvidadas dijo demencia senil. Quiero todavía un bastón de Purmamarca para mi colección, pero quiero que me lleven las manos de los que no saben qué hacer con migo y mi desorientación, como las hormigas llevan a los cadáveres de sus compañeras, por los pasillos de los hormigueros, un rato cada una, sin desviarse de su camino y soltándolas cuando se su destino las aleja del camino al cementerio,  hasta que entre todas y sumando casualidades, cae el cuerpo en el llegadero.

He estado en manos de estos criollos, medio coyas, casi todo un día. Nunca les di señal de no estar senil. Dije lo que se me daba la gana sin tratar de puentear ninguna cicatriz cultural. Me moví obediente a los dolores de mi cuerpo. Me hice pis encima y experimenté la maravillosa capacidad de estar aquí y ahora en esa tibia y húmeda sensación de virgen libre, prohibida hasta entonces por la vergüenza.

No estoy senil. Quizás porque hago esfuerzos para disimularlo. Pero me animé a estarlo por un día. Y la conducción de mi vida, que solté, la asumió una gente que no sabía qué hacer conmigo. No encontraban mis parientes ni mis amigos para pasarles la pelota, y me cuidaban con una mezcla de amor, temor e impaciencia, en un idioma del que no entendía yo demasiado. Estuve en una cama con olor a ellos y les dejé el mío. Me miraron a los ojos con la frontalidad única que les inspiraban mis ojos sin vergüenza. Comí su comida. Tomé el remedio de una vieja que trajeron a verme. Me metí en su mundo como una lombriz en la tierra. Y tuve la poco frecuente oportunidad experimentar cómo nos trata el hormiguero cuando ya no sabemos ir a dónde los demás creen que debemos ir.

Publiqué esta narración en mi blog y un periodista se interesó en entrevistarme “¿Te sentís más seguro ahora para enfrentar la muerte?” me preguntó.

Saqué el treinta y ocho del cajón y apuntándole a los ojos le contesté: sí.

 

 

 

 


 

 

 

 

Sunday, August 28, 2016

a Nora


Abrí esos ojos, no estés muerta. No seas como la mesa.

Dame, aunque sea, palabras.

Dale un sentido al puñal que me mostraste, una noche en el campo,  que formaban las tres marías y esas otras estrellas.

Volvé a sentarte en la reposera. Dale un sentido a la lona.

Unime con el resto de la gente, no dejes que tu ausencia inexplicable me  separe de todos.

Estoy dispuesto a entregar a cambio mi amor por la poesía, mis amigos raros, mi brillo, y toda la tristeza de mi infancia. Por tu mano.

Tengo ahora la edad que tenías cuando enfermaste.

Y ahora sé que morir no es para tanto. Pero sí  sé que ir sin despedirse, sin hablar del tema, sin mirar a los ojos, sin decir tengo miedo, sin abrazar y llorar… es un desperdicio. Un patinazo accidental y turbio que sólo le podés dejar a un chico de siete años si sabés que con esa bomba va a inventar un amor nuevo.

Que como el pez grande se coma al pez chico.

Tuesday, August 02, 2016

Asfalto


                                                     Dedicado a Pedro Mairal que lo dijo primero*


No era en José León Suarez, creo, pero quizás un nombre parecido. Una ruta, de asfalto negro sin ley, que a los costados en vez de veredas tenía tierra hasta las puertas de las ferreterías,  galpones, parillas, talleres, depósitos… las puertas tosían sobre esa tierra de nadie un aire de caño de escape con puchos, bolsas de plástico, boletos de colectivo, envases de yogurt desahuciados, zapatos viudos, cámaras de bicicleta semienterradas. La típica piel enferma de los accesos a la ciudad era presa fácil de  perros tímidamente arriesgados y el olor a quema. El poco revoque y pintura que de vez en cuando levantaba la nariz de la orfandad, tenía un aire de nuevo rico, digno de poca confianza. 

Poco después de que empezara a circular el 619 los del corralón le vendieron media manzana a unos que iban  a construir. Al tiempo cruzaba sobre  la ruta un caño de hierro gris, como una boa, que sacaba agua de la fosa y la entregaba, inocente y cristalina, a la mala suerte de la zanja de enfrente. Los camioneros lo pasaban, lentamente, con un gesto de sodomía y las motos estadísticamente se repartían en violentos frenadores, puteadores, derrapadores y accidentados. En la trampa de la noche humilde más de uno se encontró en el piso, sangrando y llorando el retorno de sus dolores de niño.

Ese fue el verano del calor en que la gente sacaba el catre para dormir en la vereda y los chicos se bañaban en la zanja.  Las gomas de los camiones amasaban contra el caño el asfalto como una teta de negra vieja. Y del otro lado, con mueca de asombro, empezó el primer hundimiento. Hijos de acostumbrados, los de ahí, no decían nada y los de afuera sacaban número sin preguntar. El destino que es indiferente a casi todo, se ensañó con ese desaire y,  parado en la ocasión que hace al ladrón, empezó a repetir la cosa, haciendo arcadas profundas por doquier y robándole protagonismo al caño original. La piel negra perdió su humildad superficial y se lanzó a profundidades y picos como un delfín rabioso. Una caravana resignada avanzaba, en primera, raspando la panza en las jorobas del asfalto y a veces pasaba largos ratos esperando que destrabaran a algún boludo o que las olas se adormecieran un poco con la salida del sol. De a pie y con gorras de colores, los vendedores de bebidas y cubanitos picoteaban ese gigante ciempiés como hormigas. El de los boletos de lotería, frustrado, pasó  a vender pantallas para abanicarse: la gente había dejado de creer en los números o quizás en el futuro. Con el movimiento, el asfalto se puso más negro. Como una ameba, digería  los papeles y la tierra que el viento ponía a su merced.

A los que venían de allá, lo de acá  los llamaban  “los que vienen” y a los que llegaban del otro lado les decían los “los que van” pero cuando el movimiento del asfalto pasó de la velocidad de la aguja chica a la de los minutos, dejaron de hablar de la gente. Y cuando el movimiento fue perceptible a simple vista como el segundero, volvieron a hablar, pero con más nerviosismo, y nadie se fijaba mucho en qué decía y perdieron el registro de lo que era ir y lo que era venir.

En esa época Dalia me pidió que fuésemos a ver si sus padres estaban bien.

Pensé en el frasco de berenjenas en escabeche que me daba siempre mi suegra al despedirse, apoyándome en la mejilla unos  pelos ralos pero duros del bigote y unas arrugas que se fruncían destilando hacia sus labios, como una lapicera, unas microgotas de sudor y saliva, con las que sellaba en mi mejilla el formulario de visita realizada.

Avanzábamos  lentamente detrás del 619 cuando el chofer paró y abrió la puerta de la izquierda  para hablar con uno de la misma línea que venía saliendo. “Parece que viene rosca” le dijo el que salía. La miré a Dalia pero parecía no haber escuchado. O quizá no sabía que los navegantes le dicen rosca a la tormenta fuerte.

Al rato estaba vomitando su inocencia y llenando la camioneta de un olor que no era mucho peor que el de afuera. Mi cinturón de seguridad estaba roto y a pesar de que me agarraba del volante con todas mis fuerzas a veces la salida de una ola coincidía con la entrada de otra y me daba la cabeza contra el techo. No pude ver bien qué nos pegó de atrás porque estaba mirando cómo nos íbamos a dar inevitablemente contra la cola del 619 y el impacto fue casi simultáneo: adelante y atrás. Ahora había algo de sangre sobre el vómito del piso. Del codo de Dalia y de mi nariz. Y se estaba levantando un viento fuerte que venía con arena de gusto a ciénaga y cementerio. En eso me pegó en la oreja algo alado y me di cuenta que el impacto de atrás se había llevado todos los vidrios y que había que hacer algo porque estábamos a la merced de la intemperie. Le pedí a Dalia que pasara al volante pensando en sacar el asiento de atrás y tapar con él la ventana trasera. Tirado en el piso de atrás encontré, moviéndose agónicamente con el viento, lo que me había pegado en la oreja: un cuaderno azul de tercer grado. La letra esforzándose por mantenerse en el renglón, luchando contra la soledad de la infancia.

Una nueva corcoveada del asfalto me tiró a Dalia encima, que en su susto desesperado parecía luchar contra mí. Los sacudones nos pusieron en tres posiciones sucesivas como amantes desesperados, y en la cuarta me encontré sosteniendo su cabellera, viendo su cuerpo fuera del auto, a merced de un nuevo abismo que la reclamaba. Cerré mi mano y tiré, para que no se fuera, porque no estaba yo preparado. Pero me quedaron  en la mano, las extensiones de la peluquería y algo de su pelo natural. Llegué a ver su cuerpo, envase de yogurt desahuciado, entre las ruedas del de atrás, un mionca que parecía vacío, una masa de hierro indiferente. Le cayó como un sello de la burocracia, y a otra cosa.

Ha llegado la fresca y ya nada cruje. Estoy tratando de separar los pelos de verdad de las extensiones. Los voy poniendo, en mechoncitos, entre las hojas del cuaderno. Los que tienen raíz, son sin duda originales… algunos traen algo de sangre que queda escrita en el cuaderno. Viva la patria! Dice una página… y pienso que quizás nos salvemos con las próximas elecciones.

* "El año del desierto" la mejor novela que he leído

Saturday, July 23, 2016

El Timón

Una vela preñada le da paz al rubio, que sostiene el timón con una mano displicente, como quien retiene una copa, entre un trago y otro de champagne. Va a morir en veinte segundos. Y su novia que duerme abajo, desparramada después del amor, en la amplia cama de la cabina, nunca sabrá qué pasó. Despertará tres minutos después cuando el velero tumbe y la despierte el agua fría y salada. Nadará, presa del pánico y encontrará la salida, ya casi sin fuerzas por la falta de aire, y se prenderá de la botavara. En Nueva York sus padres estarán comprando, en ese instante, regalos de navidad para los nietos, sus sobrinos. Cuando ella grite el nombre del rubio, su madre firmará el ticket de la tarjeta de crédito. Y ella seguirá gritando cuando salgan de la juguetería y crucen la calle, con luz verde para los peatones. 
Nosotros nunca nos enteraremos de nada. Si visitamos Nueva York quizás pasemos frente a esa juguetería. Si alguien hubiera encontrado a tiempo el cadáver del rubio y hubiese visto que un pequeño meteorito le había arrancado el vientre provocando una muerte casi instantánea, seguramente hubiese llegado el dato a algún periodista que hubiera cubierto los baches de información con interpretaciones más o menos válidas y su escrito hubiese recorrido el mundo plasmando periódicos amarillistas y llegando a ser noticia viral en Internet.
Pero no.
Cuando un planeta tiene siete mil millones de habitantes es simplemente matemático que mueran cerca de diez millones por día. Vistos desde el cielo hay muchas hormiguitas cavando fosas o incinerando cuerpos. De los diez millones no es infrecuente que haya maneras de morir que llamen la atención. Pero no todas pueden llegar a la prensa… sería muy caro. 
El padre del rubio (cuando hay tantos millones puede ocurrir) murió de la rotura de un aneurisma tres días antes que su hijo, mientras él era visto por muchos testigos sacando el barco del puerto. Era un judío que inmigró a los Estados cuando él único hijo tenía cuatro años. La patente de la canilla monocomando para combinar el agua caliente y la fría le deparó al inmigrante, por esos descontroles de la economía en sociedades de consumo con un gran mercado, una fortuna difícil de gastar. Y la desaparición de un heredero al poco tiempo de la muerte de su padre despertó el interés de algunos abogados. El hermano mayor de su novia fue uno de ellos, ya que si ella había muerto después que él, el largo y demostrable concubinato que habían mantenido podía usarse en el estado en que vivían para declararla legítima heredera y, si ella había muerto también (después que él), gran parte de esos muchos millones pasarían a su bolsillo. Su hermana, a quien, después de semanas de desaparecida, ya daba por muerta, le ha pedido ayuda con su testamento cuatro años antes. Sin sospechar que eventualmente la fortuna de de su suegro le daría importancia al acto, quiso dejar sus bienes de exitosa representante de modelos, a uno de los hijos de su hermano, con síndrome de Down, para que siempre tuviera una asistencia adecuada, en caso de que sus padres no pudieran dársela. Por su condición de deficiente la herencia estaría a cargo del padre.
Si el abogado, hermano menor de la desaparecida pudiese hallar los cuerpos y demostrar que el rubio murió antes que ella y que convivían desde hacía más de un año, tendría derecho a cobrar una fortuna. Esa herencia aproximadamente significaría la posibilidad de gastar treinta millones de dólares por año por el resto de su vida. Estaba dispuesto a ceder la mitad con tal de que eso ocurriera. Y ocurriera pronto.
Un colega y amigo suyo, que luego de trabajar en el mismo estudio había aceptado la oferta de un competidor, le había contado en un almuerzo que tenía entre manos un caso de un aventurero que tras años de buscar tesoros había encontrado algo. No muy grande pero lo suficiente como para requerir asistencia legal para que no le impidieran quedárselo. A ese hombre recurrió el hermano de la desaparecida para encontrar pruebas que le permitieran a él quedarse con este tesoro proveniente de millones de casas que instalaban canillas monocomando.
El abogado convenció a la viuda del inventor del monocomando que valía la pena invertir lo necesario para encontrar a su hijo y la novia. La pobre vieja tenía la esperanza de que todavía estuviesen vivos. No podía ser que perdiera en el mismo mes a su marido y a su único hijo.
Fotos satelitales que consiguió el busca tesoros le dieron el paradero del barco. Y en dos días lo encontró. Tumbado y silencioso. Enredada a la botavara, atadas sus manos con los cabos estaba el cadáver de la novia del rubio. O lo que quedaba de ella. Llevaron todo a tierra y lo hicieron estudiar por peritos. El meteorito había incrustado partes del rubio en la madera del asiento del timonel. El informe fue muy extenso porque lo pagaron bien. Pero en resumen había tripas del rubio incrustadas en el barco y la madera quemada de alguna manera le permitió afirmar, sin dudas, que había sido un meteorito. Era un caso fácil de reconstruir. El abogado lloró a su hermana sin perder de vista el negocio. Estaba acostumbrado.
Se llevó a cabo el juicio casi veinte meses después. Para ese entonces la viuda del inventor del monocomando había muerto también. Supuestamente de tristeza. Era diabética y en una visita a su casa de fin de semana en Greenwich descuidó sus inyecciones y fue hallada una semana más tarde por el jardinero ecuatoriano que quería cobrar.
El cuñado del rubio despertó al día siguiente de terminado el juicio y le dijo a su mujer “Somos asquerosamente ricos”.
A medio día almorzaron con champagne y le autorizaron a los tres chicos (el que tenía síndrome de Down era el menor, de diez y seis) a tomar una copa. Le gustó al chico el gusto del espumante… y pidió más, y se lo dieron… él nunca entendió la diferencia entres ser clase media y millonario… pero por un instante sostuvo la copa como el rubio sostenía el timón. Sin saber que todo pasa.